MEMORIAS DE ASIA, XIII: MANDALAY POR FUERA

He llegado a Mandalay tras un viaje en autobús interminable en el que, encima, he vomitado. No dentro, sino en los baños asquerosos del sitio donde hemos parado a almorzar. Demasiada sopa de fideos shan, yo creo. Muy rica, pero muy grasienta. Desde entonces, me duele la barriga. El viaje en autobús ha sido diurno y ha llegado bastante tarde a Mandalay, una ciudad en el norte de Myanmar desde la que en un par de días volveré a Tailandia avión mediante. El hostal donde me alojo no me ha gustado: lo elegí porque tenía pinta de ofrecer muchos planes de excursiones y a la hora de la verdad no son tantas y sí son algo caras.

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En plena degustación de una sopa de fideos shan. / J. C.

Inicio párrafo de persona misántropa: Se llama Ostello Bello y es el típico hostal mochilero buenrollero donde todos van a al hora feliz participan en juegos de mesa, bailan juntos y se hacen amigos del alma. La recepcionista, una asiática muy mona, resulta ser también la animadora sociocultural, y la otra noche montó en la terraza un sarao para jugar al Stop (eso de escribir palabras que empiezan por una letra elegida al azar en el menor tiempo posible) que parecía ella más una fan adolescente de Justin Bieber. Qué gritos, madre. Yo cené allí con toda la algarabía y pasé del chupi juego. Fin del párrafo de misántropa rancia y nota positiva: el sitio está muy decente, por lo demás: limpio, buena comida, bien ubicado…

La sala común del Ostello Bello. (web del hostal)
Mi habitación en el Ostello Bello es así (web del hostal).

Solo he dispuesto de un día completo para descubrir Mandalay así que he tenido que elegir muy bien el recorrido. Dado que la ciudad en sí no tiene grandes maravillas, o eso había leído, me he inclinado por salir a explorar los alrededores. Y he encontrado lugares que han sorprendido para bien… Y otros para mal. Para mi aventurilla, he optado por un coche particular porque la excursión con más gente sale casi por el mismo precio, y yendo a mi aire podía ver más sitios, quedarme el tiempo que quisiera y no ir en rebaño.

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Familias de paseo. / © Lola Hierro

Mi excursión no ha comenzado hasta la llegada de Once (sí, como la niña de Stranger Things, pero en señor). Es mi chófer y le llamo así porque esa pronunciación es lo más parecido a como suena su nombre, que no sé cómo se escribe. Es un señor casi anciano que conduce una furgoneta con cortinillas y un poco desvencijada, pero eh, con aire acondicionado, que con el calor que está haciendo, viene de perlas.

Partimos hacia nuestro primer destino: Mingún. Por el camino ya notamos un tráfico que a mí me parece infrecuente para tratarse de Myanmar. Vale que no lo conozco mucho el país pero… ¿es normal que haya millones de coches, motos y camionetas llenas de gente en una carretera rural en medio de la nada? Además, cada pueblo que cruzamos se ve repleto de gente por las calles, muchos monjes y gente pidiendo dinero con unos recipientes plateados a ambos lados de la carretera. Pero no parecen pobres, van muy bien vestidos.

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Tres en moto y una, muerta de miedo. / © Lola Hierro
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Puestecillos de comida en las zonas turísticas. / © Lola Hierro
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Como este, mil autobuses repletos. / © Lola Hierro

Rebusco en Internet y encuentro la razón: es 27 de julio y hoy se celebra el día en que Buda fue engendrado, y también es el día en que hizo sus milagros más importantes. Es el día en que los monjes budistas novicios se ordenan. Hoy empieza el proceso, vamos. Y no sé cuándo acaba. Total: que es festivo.

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Un niño monje feliz. / © Lola Hierro

Con esta nueva información llegamos a trompicones a Mingún. A toro pasado, creo que es el lugar que más me ha gustado. La primera parada es junto a un inmenso y antiguo templo, una pagoda blanca que se hizo así para emular el monte Meru, sagrado en el budismo, y en honor a una princesa birmana que murió al dar a luz no sé cuándo. Es muy chulo; se puede subir hasta arriba y rodearlo por unos pasillos concéntricos y exteriores que parecen cordilleras u olas del mar. 

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La preciosa pagoda de Mingún. / © Lola Hierro

Como hace vientecillo y el escenario es pintoresco, se nos ocurre que Jose me haga unas fotos con mi pañuelo al viento, y luego otras subida a esas vallas blancas. Entonces la gente comienza a pararse, a mirarme, a hacerme fotos y pedirme posar con ellos. Yo creo que se deben pensar que soy una famosa extranjera o una influencer de esas.

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Yo en plan influenser de la vida. / ©J. C.
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Turistas birmanos en la pagoda de Mingún. / © Lola Hierro

Después vamos a ver una de las campanas más grandes del mundo y está también hasta arriba de turistas, la mayoría birmanos que están de puente. Por último vamos a una pagoda en ruinas que se quedó a medio construir. De haber sido terminada, hoy sería la mayor del mundo. Antes se podía subir a lo alto de esa gigantesca montaña de ladrillos, pero un par de terremotos la dejaron impracticable. Una grieta de parte a parte lo atestigua.

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La famosa campana, con gente hasta en la sopa. / © Lola Hierro
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Haciéndole una foto a una pared con una grieta. / © Lola Hierro
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Los barcos de turistas. / © Lola Hierro

Aquí también quedan dos enormes cynthes (esculturas mitológicas, como leones guardianes) que miran al río Irawadi ,o lo que queda de ellos: entre la erosión y los terremotos, solo se distinguen dos enormes bolas de ladrillo.

El siguiente destino es Sagaing y sus colinas, desde las que hay vistas preciosas de montañas verdes cuajadas de pagodas y estupas doradas. Llegar es un infierno, hasta el punto de Once recomienda bajar de la furgoneta y caminar, pues el atasco es infinito.

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Vistas desde Sagaing. / © Lola Hierro
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Niñas monjas budistas, no sé si se dice novicias también. / © Lola Hierro
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En el templo, los niños juegan ya lleven hábito o no. / © Lola Hierro
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Mogollón de gente en los templos. / © Lola Hierro

Fuera hace calor, yo voy mareada y hay auténticas hordas de gente caminando, mezclándose con coches, motos y puestos de comida y de recuerdos. Con mucho esfuerzo y agobio llego a un templo con azulejos de colores al que hay que entrar, pero apenas llego al primer patio: en cuanto veo el percal, me doy media vuelta. 
Peor es la siguiente parada; eso parece el Rocío en su momento álgido, así que le digo a Once que así no hay manera y nos piramos.

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Más muchedumbre. / © Lola Hierro
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Cucuruchos de colores. Puaj. / © Lola Hierro

A todo esto, el pobre chófer está alteradisimo por el tráfico. Cuando puede, conduce como un kamikaze y yo doy por hecho que vamos a atropellar y matar a alguien. Es cuestión de tiempo. Por otro lado, cuando no puede moverse, grita cosas en birmano muy ferozmente, supongo que está cagándose en los muertos del resto de conductores.

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Adolescentes budistas en plan chulito (pero bien). / © Lola Hierro
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Niños muy en plan «hazme una foto, prima». / © Lola Hierro

Cuando por fin salimos de aquella jarana, me lleva a la orilla del río, a un restaurante local cutre y mugriento para comer. Al menos tiene terraza y es tranquilo.  Atiende una vieja pelleja que no entiende ni papa y al final sirve lo que quiere. Y yo, que estoy regular de la tripa, solo como arroz blanco con pollo. Al acabar, Once me lleva al otro lado de la carreterucha, donde hay un embarcadero, y sin más explicaciones dice que hay que subirse al bote .

Y aquí vuelvo a aflojar pasta: ya he pagado antes por visitar Mingun y Sagaing, parezco boba. La barca tiene pinta de hundirse de un momento a otro, y en ella,  motoristas con sus motos y nosotros cruzamos el río y llegamos a Ava o Inwa, el tercer destino de la jornada. Como las otras dos, esta también fue capital del reino en su día.

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La barca precaria. / © Lola Hierro
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Un pasajero. / © Lola Hierro
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La misma barca, a la vuelta. / © Lola Hierro

En la orilla esperan varias vendedoras de recuerdos (esta vez, campanas), que chapurrean castellano. No lo he dicho antes, pero resulta que en todas partes lo hablan. Pasada la barrera de las mujeres, está la de los coches de caballos, de colorines y adornados con flores y pompones. Dicen los dueños que me llevan en uno, pero declino porque: 

  1. Me mienten, y eso molesta. Dicen que estoy lejos y en realidad voy al lado, que lo he comprobado con Google Maps.
  2. Me están inflando el precio cosa mala.
  3. Y por último pero no menos importante, he leído que esos caballos están un poco maltratados, y eso no me representa. 
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Estos coches de caballos te llevan de paseo. Yo me niego. / © Lola Hierro
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Las mujeres que te venden cosas y te esperan en el muelle. / © Lola Hierro
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Más monjes de camino a otro templo en Iwa. / © Lola Hierro

Salgo caminando y en diez minutos, previo paso por una charca en la que Jose mete el pie en el barro hasta el tobillo, llegamos a un nuevo maremágnum de gente de puente haciendo turismo local. En este punto ya me he dado cuenta de sobra de que los birmanos no tienen conciencia ni educación ambiental. Consecuencia: hay muchísima basura, está todo guarrísimo, principalmente por los plásticos.

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Familias de turismo por ser día festivo. / © Lola Hierro
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El bonito templo de Iwa. / © Lola Hierro
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Buscando recovecos. / © Lola Hierro

Paso de entrar en otra pagoda atestada (yo es que no puedo más) y opto por el sitio arqueológico, donde hay un templo ruinoso que parece más bonito. Y lo es, precioso. Tiene varios pisos y corredores en los que perderse, De hecho, Jose y yo nos separamos y, en lo que nos encontramos, cada uno por su cuenta se amiga con un grupo distinto de monjes budistas. Cuando por fin nos reunimos después de interminables mensajes de Whatsapp para intentar ubicarnos en ese laberinto, estoy rodeada de un grupito, hablando con uno que traduce a los demás.

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Los monjes turistas. / © Lola Hierro
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Sesión de fotos para el facebook. / © Lola Hierro
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Este monje me echó una foto a mí, criatura exótica. / © Lola Hierro

En general, los birmanos tienen muchas ganas de practicar inglés con extranjeros,  este no es una excepción. Yo ya les he tomado fotos a ellos cuando estaban posando y retratándose unos a otros con sus Iphone e Ipad (porque van descalzos, pero se nota que están a la última en tecnología y que manejan pasta) y luego nos hacemos más otros todos juntos. Agrego a Facebook al que más ha hablado conmigo, cuyo nombre no sé pronunciar porque está escrito en caracteres birmanos. En un día, me han pedido amistad cibernética seis monjes más. Por entrar aquí me he pulido más pasta, pero al menos me he divertido mucho con los budistas.

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Nuestros colegas. / © Otro monje

La última parada es en el larguísimo y ultra fotografiado puente de U Bein, en Amarapura, cerca de Mandalay. Me muero por ver una puesta de sol allí, y menuda decepción enorme. Primero es que hoy tampoco habrá atardecer naranja. Segundo, y peor: esto está también llenísimo de gente vacacionando. A montañas.

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El puente de U Bein hasta la bandera. / © Lola Hierro
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Tráfico de gente. / © Lola Hierro
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Y esta mujer cargada iba tan pancha. / © Lola Hierro

Es que no se puede ni acceder a puente de madera. La peña entra apretujándose y yo me muero de miedo porque no hay nada que evite una caída al agua, que está a unos cuatro metros. No hay barandilla y la gente no para de empujarse. Total, que paso de recorrerlo, pero Jose me convence y voy de su mano. Vemos a unos chavales jugando a tirarse al agua haciendo volteretas, y a cientos de personas sacándose selfies con el palo y todo. Yo tiro alguna foto, pero son una porquería en comparación con las que había imaginado en mi cabeza.

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Una como esta cogimos para navegar un poco. / © Lola Hierro
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Adolescente a punto de hacer un salto mortal. / © Lola Hierro
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Salto mortal y para atrás. / © Lola Hierro

No llegamos al final del recorrido, es larguísimo este puente, pero lo que sí hacemos es subirnos a una barca con remero a la vuelta. Tiene agua en su interior, estamos locos… Hacemos desde el agua algunas fotos más pero… Bah, nada decente. Qué pena.

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Turistas de juerga. / © Lola Hierro
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Domingueros. / © Lola Hierro
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Muy curioso ese árbol medio sumergido. / © Lola Hierro

Con todas estas peripecias a la espalda llego molida al hostal, pero aún me da la vida para darme una ducha muy necesaria e ir a cenar por ahí. La asiática loca de la recepción recomienda el restaurante Mingalabar, y qué acierto: además de que lo que pido está buenísimo y es barato (sobre todo los batidos), aquí es que te ponen más comida de la que encargas. Y bueno, personalmente no me gusta mucho, pero para quien sí,es un puntazo: verduras, salsas, arroz, habas… qué sé yo. Es como si vas a un restaurante en Madrid y te sirven los platos que has pedido de la carta y, además, un cocido madrileño.  El postre que ofrecen es muy raro: una cajita de bolas de azúcar tostadas o así, y otra caja con tres compartimentos que contienen panchitos, otros frutos secos fritos y unos hierbajos mojados que tengo que escupir en la servilleta porque es lo más asqueroso que he probado en mi vida. Pero por lo demás, todo bien.

Restaurante Mingalabar (foto de su web)

En mi segundo y último día en Mandalay he madrugado bastante para ir a visitar el Palacio Real, que abre a las 07.30. Está cerca del hostal, pero el recinto, no la entrada. Desconocía este detalle, así que cuando llego al pie de las murallas me dice un militar que debo seguir bordeándolas. Al final, acabo por hacerme la ruta del colesterol (había varias personas caminando en ese plan) y es para poco porque el palacio este es muy poca cosa.

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La ruta del colesterol a las siete de la mañana. / © Lola Hierro
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El palacio real… Pues muy bien. / © Lola Hierro

Un porrón de casitas vacías, un par de estatuas feas de no sé qué reyes y una torre circular con la escalera por fuera a la que subo por hacer algo. Personalmente, me lo hubiera ahorrado; tenía que haber ido a darme un masaje de pies, que falta me hace después de tantas caminatas. 

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Estos reyes deben pensar que sus súbditos les odian porque… vaya estatuas más feas les han dedicado. / © Lola Hierro
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Trabajo de madera muy bonito. Lo mejor del palacio. / © Lola Hierro
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Vista de las dependencias palaciegas desde lo alto de una torre. / © Lola Hierro

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