MEMORIAS DE ASIA III: SIN RUMBO POR KANCHANABURI

Suena el despertador cuando ya estamos vistiéndonos; por alguna razón no dormimos muchas horas pese al cansancio. Llevamos apenas tres días en Tailandia y ya parece que haya pasado un siglo. Como tenemos las mochilas casi listas, a las siete de la mañana ya estamos saliendo en taxi hacia la estación Sur de autobuses de Bangkok, donde pretendemos montar en algún vehículo que nos lleve a nuestro siguiente destino: Kanchanaburi. No sabemos precios ni horarios, ni si habrá billetes, pero encontramos todo rápido, fácil y barato: un minibús a las ocho de la mañana por cien baht o 2,5 euros por cabeza.

Tras un par de horas dormitando al lado de una señora con las uñas de los dedos gordos de los pies desmesuradamente largas (como las de porcelana de las manos), afiladas y pintadas de rosa nacarado, llegamos a Kanchanaburi ciudad. Allí llamamos al alojamiento y, por lo que nos dicen, acabamos cogiendo un taxi que nos cuesta lo mismo que todo el camino desde Bangkok por una carretera que llega hasta (o sigue, supongo) al pueblo del albergue, que se llama Ban Sabai Sabai, y que está muy  bien. Tenemos una cabañita monísima y el francés Yves, el dueño, nos ha contado un millón de cosas que podríamos hacer estos tres días que vamos a pasar aquí.

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Sobre el río Kwai./ © Lola Hierro

Esta zona es famosa por sus parques nacionales con cascadas increíbles, por su naturaleza y vida local sencilla y lo más mediático: porque aquí está el puente sobre el río Kwai, el de la película del mismo nombre. En esta región hubo muchísimo jaleo durante la II Guerra Mundial y se hizo tristemente famosa porque por aquí pasaba parte de la línea ferroviaria que los japoneses trataron de construir para unir Tailandia con Birmania y defender este último país de los ingleses. Y de paso preparar su invasión a India. Esta obra megalítica, que quedó inconclusa después de todo, costó la vida a miles de trabajadores forzados. De todos estos detalles me enteraré pronto.

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Budas por todas partes./ © Lola Hierro

A Kanchanaburi llegas con ganas de hacer mil cosas, pues no le falta historia y naturaleza a esta zona del mundo. Pero es mejor relajarse y tomarse los días con calma. No hay prisa en Tailandia. Desde el Ban Sabai Sabai es posible acercarse a pie al mismo río Kwai, donde se puede hacer piragüismo cuándo hace buen tiempo (no ha sido el caso). Por el camino no es de extrañar que el viajero se tope con algún Buda gigantesco que otro, generalmente bien acompañado por otros más pequeñitos. Wat Si Upalaram es el que me ha tocado encontrarme a mí, pero en toda Tailandia esto es bastante habitual. Eso sí, cuando vas perdida por el bosque, o el monte o un camino cualquiera y te los encuentras así, en silencio, solitarios, como esperando a que vaya alguien a adorarlos, da una sensación como muy espiritual… Incluso a mí me transmiten cierta inquietud.

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Wat Si Upalaram./ © Lola Hierro
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Y un buda con dos monjes custodios en Wat Si Upalaram./ © Lola Hierro

Si una sigue caminando, llega a la orilla misma del río, donde hay un embarcadero muy inestable al que los atrevidos y los que sepan nadar se pueden subirse, si quieren.  Y para comer, qué mejor que un restaurante con terraza de los alrededores. De los de sombrillas, mesas y sillas de plástico, ventiladores que hacen ruido, señores sorbiendo tazones de fideos en la penumbra, moscas por todas partes y algún perro que otro buscando restos de comida. La comida está rica y son baratos, pero que nadie cuente con entender ni una palabra a los camareros o que ellos comprendan algo de lo que se les pide. Lo mejor es arriesgar con la comanda.

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Comida sin nombre conocido. / © Lola Hierro

Aunque si uno es más de hacerse su propia comida, hay otra opción para alimentarse: visitar el mercado del pueblo, que abre a diario. Hay de todo, y no todo es identificable: carne, pescado, fruta… y platos preparados muy raros de pinta chunga. En fin, hay para elegir.

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Pescado con muy mala cara./ © Lola Hierro
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El mercado en pleno trajín./ © Lola Hierro
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La carnicería./ © Lola Hierro

Quien aún quiera estirar las piernas un poco más, puede aventurarse a encontrar el Buda sedente que vive dentro de una cueva, en lo alto de la montaña. No sé el nombre del lugar, no es famoso y no lo visitan turistas; solamente quienes conozcan a Yves pueden llegar a él. Porque el francés te acerca con su coche, vaya. (Seguro que hay más gente que lo conoce, pero esto queda muy poético).

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De camino a la montaña misteriosa./ © Lola Hierro

Quienes no den con él, pueden acercarse a otros más conocidos y bien ubicados en el mapa. Véase el templo de la cueva del tigre (Wat Tham Seua en el mapa) que tiene una pagoda de 40 metros y un Buda de 15, y se llama así porque está sobre una colina donde hay una cueva en la que antaño vivían tigres. Otro es el templo de la cueva o Wat Tham Khao Pun, y está en una caverna con muchas estalagtitas, estalagmitas y estatuas viejísimas y polvorientas. Dicen que aquí hay espíritus, cuidado. Por último, el espectacular templo de la boca del dragón o Wat Ban Tham. Se llama así porque la entrada tiene forma de unas fauces de ídem y está al final de infinitas escaleras

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Después de 400 escalones, encuentro a este descansando tan a gusto./ © Lola Hierro
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El sitio está un poco descuidado./ © Lola Hierro

Por curiosidad y por hacer algo hemos ido y… Madre mía. Hemos sabido que llegábamos porque de golpe había doscientas mil estatuas de Buda por todos lados. De todos los tamaños, en todas las posturas. En silencio absoluto, porque el lugar está desierto. Otra vez esa sensación… Aunque las tengo muy vistas, el tamaño hace que impongan. Luego de subir una cuesta muy empinada y 400 escalones (los he contado uno a uno) hemos llegado a la cima de una montaña donde hay una estatua Buda dorado y reclinado. A continuación, dos grutas: una con un altar y otro más profunda y alta, abierta por arriba, con murciélagos y el famoso gigante de oro ahí sentado. ¿Cómo lo meterían?

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El famoso Buda que vive en la cueva./ © Lola Hierro
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Otros recovecos de la cueva./ © Lola Hierro

Pero hay más: a la derecha de la cueva existe un sendero medio oculto por la vegetación. Si lo sigues, llegas a un pico de la montaña donde reposa otra estatua, esta vez blanca y con ofrendas a sus pies, flores y adornos colgando de ella. Esta tiene ante sí unas vistas espeluznantes.

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La estatua de lo alto de la montaña./ © Lola Hierro
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Y las vistas. Kanchanaburi a mis pies./ © Lola Hierro

Al bajar de la cima, y sin comerlo ni beberlo, se nos han lanzado seis perros del templo entre feroces ladridos, pero no nos han atacado. Yo me he muerto de miedo y no se me ha pasado ni cuándo el monje que vive allí nos ha invitado a pasar a su casa y ha asegurado que no hacen nada. Por si acaso, no pienso comprobarlo.

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