Luang Prabang, la tierra de los monjes traviesos

Viajar durante 34 horas es tan horrible como suena, y más si es por Laos, que está surcado de carreteras precarias y llenas de curvas. Así, cuando llegué a Luang Prabang, ya no sabía ni dónde estaba mi mano izquierda. Lo que si sé es que este país necesita a Revilla como ministro de Fomento.

Luang Prabang es considerada la perla del sureste asiático. Solo por este apelativo, todos os imaginareis que no me hicieron falta muchas razones para elegir este destino. La pequeña ciudad, por llamarla de alguna manera, descansa en una península formada por el río Mekong y el Nam Khan. Y a pesar de que Laos está entre los veinte países más pobres del mundo, Luang Prabang sobrevive en un oasis de complacencia gracias al turismo.

Aires coloniales en Luang Prabang. / © Lola Hierro.

Precisamente para fomentar esto, se construyó hace poco un aeropuerto que ha potenciado aún más la llegada de visitantes curiosos por conocer esta singular parte del mundo. Y lo que uno se encuentra al llegar es un lindísimo conjunto urbano del estilo de la cántabra Santillana del Mar pero de estilo asiático en vez de montañés. Luang Prabang está cuajada de bellísimos templitos budistas, edificios coloniales de la época francesa y de apacibles jardines, pero también le ha sacado partido a la modernidad y se ha llenado de coquetos hostalitos, pequeños comercios familiares donde venden té y artesanía local, agencias de turismo sostenible, un mercadillo nocturno famoso en todo el país por su variedad y sus bajos precios… y todo ello coronado por un majestuoso palacio real.

Pinturas hechas a mano secándose al sol. / © Lola Hierro.

A pesar de su interés por atraer viajeros, no se ha convertido en una ciudad sin ley, sino todo lo contrario, resulta un lugar muy espiritual. Es aquí uno de los sitios donde puede verse con más facilidad la ceremonia de entrega de limosnas.. A primera hora de la mañana, los templos abren sus puertas y de ellas salen, como una hilera de hormigas naranjas y en perfecto silencio, todos los monjes budistas de la ciudad. Se dirigen a la avenida principal, que recorren de cabo a rabo con su bol metálico esperando que los turistas y los aldeanos les echen algo de arroz glutinoso en ellos. Lo que consigan por la mañana será su comida de todo el día, pero reciben tanta que ellos a su vez la donan a los más necesitados, que también se ponen en el borde de la acerca con un cubo vacío, esperando a que les caiga algo. Vamos, que al final el arroz pasa por veinte mil manos. Quizá en otras ciudades pasen hambre, pero desde luego no aquí, porque esto de echar arroz a un monje se ha convertido en una atracción turística de primer orden.

La pesadilla del mochilero: la temporada alta.

La pesadilla del mochilero: la temporada alta.

Mi primer día en Luang Prabang lo he ocupado, primero, en encontrar un sitio donde dormir. Ha sido complicado porque todo está lleno o es muy caro. debido a la proximidad del año nuevo laosiano. Pero caro al estilo europeo, es decir, que había hostales en los que piden hasta sesenta euros por noche. Al final he conseguido un cuartillo sin ventana por 12 euros. Pero tengo baño individual y está limpio. Me doy con una canto en los dientes.

Una vez resuelto este punto, me he lanzado a la calle a explorar. Encontré un templo muy cerca de mi albergue y metí un poco las narices. Vi a unos cuatro o cinco monjes jóvenes que estaban riendo, contándose algo, como en su tiempo libre. Creo que no les hizo mucha gracia que les visitara, así que me fui con la música a otra parte. A continuación me dirigí hacia las construcciones más grandes de Luang Prabang,  el Palacio Real y el conjunto de templos diseminados por la ciudad, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Templos. / © Lola Hierro.

Más templos. Ya no recuerdo de qué iba cada uno. / © Lola Hierro.

Interior de uno de los templos donde metí la nariz. / © Lola Hierro.

El primero me dio tiempo a verlo bien, pero llegué casi muerta porque había que subir unas escaleras interminables. Este templo es famoso por sus frescos en las paredes, que son antiquísimos y representan escenas de lo más peculiar, no exentas de cierta violencia y hasta de canibalismo. Me hizo gracia que el paisano que lo custodia me intentara vender unas pinturas con la excusa de que el dinero era para arreglarlo. Me extrañó un poco porque la ciudad debe tener un montón de subvenciones y cuidados de todo tipo ya que es el principal punto turístico del país.

Este tío no dejaba de intentar venderme cosas. / © Lola Hierro.

Los famosos frescos. / © Lola Hierro.

Mi siguiente destino era el palacio, pero debido a mi falta de previsión me quedé sin verlo, ya que estaba cerrado. No debían ser ni las 4 de la tarde pero los horarios no me cuadraron. Así las cosas, di una vueltecita por fuera, para admirar la decoración exterior, de vivísimos colores, y a los cinco minutos ya estaba fuera preguntándome a dónde ir.

Camina que te caminarás por el borde del río, me topé de repente con un curiosísimo cartel pintado a mano que indicaba la cercanía de un poblado en el que fabrican tela y papel. Así que a falta de un plan mejor,  pensé en hacerle una visita. Continué andando hasta que llegué a un puente de bambú de apariencia muy endeble que cruzaba el río Nam Kham. En su inicio se levanta una choza de madera donde encontré una pareja de ancianos muy estropeados, los pobres, que cobraban dos mil kips (veinte céntimos de euro) por cruzarlo. Me puse a hablar con ellos y me contaron que el hombre había construido ese puente con sus propias manos, y que esta era su manera de ganarse la vida. Me pareció muy curioso, la verdad: vas a un río, construyes un puente, pones un cartel diciendo que al otro lado hay algo interesantísimo y hale, a cobrar el peaje.

Puente «hazlo tú mismo». / © Lola Hierro.

Queda bastante claro, no?

Obviamente me tiré el rollo, pagué y crucé. Anduve un poco más y encontré un barecillo con un mirador precario pero encantador que daba al río. Seguí caminando y llegué a un pueblo escondidísimo donde todo el mundo debía estar echando la siesta, porque estaba vacío. Este pueblo tenía un templo llamado Wat Xiengleck.  Nada de espectacular salvo porque fui testigo de una historia rocambolesca: el robo de una cámara de fotos. Un chico se la había dejado olvidada y cuando volvió a por ella a los diez minutos, ya no estaba. Según él, había parado a tomar aire (la verdad es que el calor pega muy fuerte estos días y uno se cansa enseguida) y se dejó la cámara posada en un banco, o colgada en la rama de un árbol, no recuerdo bien. Su hipótesis principal era que los monjes se la habían robado,  y a mi no me parece una idea tan descabellada: primero porque el lugar estaba vacío, no había turistas ni nada. Y segundo porque los monjes, por muy budista y sagrado que sean, en muchas ocasiones no dejan de ser adolescentes obligados a cumplir seis meses de vida monacal, que luego lo dejan para siempre. Recordemos que en Laos hay mucha pobreza.

Budas por todas partes. Empiezan a salirme por las orejas. /(C) Lola Hierro.

Wat Xienglek. Aquí roban. / © Lola Hierro.

Mensajes de amor en el templo de los ladrones. / © Lola Hierro.

Los de este wat, en concreto, parecían bastante cretinos. Yo intenté hablar con alguno de ellos, implorando a la caridad, pero ni me miraron ni me dirigieron la palabra, supongo que por ser mujer. Porque resulta que las mujeres no podemos hablarles ni tocarles. Y se ve que ni en casos de emergencia se saltan la regla. Me sorprendieron muy para mal, porque se supone que son buenas personas, que ayudan al prójimo y todo eso, pero ¿por qué iban a serlo? Sólo son monjes.

En fin, que el chico se quedó sin cámara de fotos. También manda narices olvidar una cámara de ese calibre (era una réflex de Nikon con un tele objetivo). Por algo yo no me despego de la mía ni para dormir.

¡Agua va! / © Lola Hierro.

En fin, que con la excursión y lo demás se me pasó la tarde, y volví a Luang Prabang cuando ya caía el sol, con bastante cansancio encima. Por el camino encontré que ya se estaba empezando a celebrar el año nuevo laosiano. ¡Y de qué manera! La costumbre es lanzar agua al prójimo con lo que se tenga a mano: cubos, mangueras… lo que sea.  Guardé la cámara en el fondo de la mochila y me resigné a lo inevitable: llegar calada hasta los huesos a mi hostal, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

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