Llegada a Bali: playas, templos y timos

La última vez que di noticias estaba subida a un volcán en la isla de Java. Y ahora me encuentro recién llegada a las islas de Bali, Lombok y las Gili, que están siendo mi última experiencia en Indonesia.

De Bali muchos sólo saben que es un destino playero de primera categoría al que van famosos; de hecho, allí se casó Alejandro Sanz. Con esta premisa, suponía que no iba a encontrar la precariedad de Sumatra. Lo que no podía imaginar tampoco es que entrar en Bali iba a ser como volver a Europa: Ibiza, Marbella, la Costa Azul… cualquier parecido es válido.

Ferries de esos que salen en las noticias cuando se hunden con mil turistas dentro…

Mi llegada fue en un autobús procedente de Java. Fueron más de doce horas de viaje desde Bromo hasta Padangbai en las que fui bastante cómoda gracias al viaje contratado que había cogido en Yogyakarta. Eso si, me intentaron timar de nuevo: el señor de la agencia que me llevó hasta el autobús a Bali me quiso vender por 25.000 rupias (unos dos euros) unos vales de comida. Los rechacé ya que en Indonesia puedes comer por la mitad o menos. Bueno, pues una vez subida en el bus, el conductor me dio GRATIS esos mismos vales que, al parecer, estaban incluidos en lo que había contratado. Y encima no valían 25.000 rupias sino seis mil. En Indonesia en general, pero sobre todo a partir de Bali, hay que tener mil ojos con los timos, y especialmente en lo relativo al transporte. Es muy fácil identificar a los turistas, y para ellos el precio siempre va a ser el doble, por arte de magia.

Yo, cerquita del salvavidas. Por si acaso…

Pasando el rato en el ferry.

Otra prueba de lo mismo ocurrió en la estación de autobuses de Denpasar, ya en Bali. Mi viaje contratado acababa allí, pero yo aún tenía que coger otro transporte hasta Padangbai, en la costa este balinesa, y punto de partida para viajar a mis deseadas islas Gili. Pues bien, me ofrecían llevarme por 200.000 rupias. ¿Sabéis por cuánto lo conseguí al final? Por 40.000. Pero porque me puse burra y les dije a los 300 conductores que me acosaban que no soy idiota y ya conozco los precios de todo, después de veinte días viajando por el país.

Este no transportaba personas. En realidad, no sé qué llevaba en esos cubos.

Por todo esto tengo que decir, y sobre todo a quienes piensen ir a Indonesia, que tengan muchísimo cuidado con lo que pagan, que lleven por norma que el 90% de las veces el dinero que te piden de primeras es un precio infladísimo y, desde luego, que hay que viajar muy mentalizado de que te van a acosar a cada paso que das para venderte u ofrecerte algo. Los indonesios son realmente pesados, en lugares como el puerto de Lembar, en Lombok, literalmente no te dejan ni caminar. Pero tampoco quiero que nadie se eche atrás en sus planes: Indonesia es un país increíble, muy rico, lleno de posibilidades y de opciones de ocio, de una belleza muy singular y con una gran idiosincrasia. Y por supuesto, también he encontrado indonesios que me han facilitado mucho la vida, no todos son así de pesados ni te intentan timar.

Alegría de vivir en Padangbai.

Lo que se ve desde Padangbai.

Volviendo al viaje, me había quedado contando mi lentísima llegada a Padangbai por 40.000 rupias. Esta población costera es el punto de salida del ferry hacia Lombok, la isla contigua a Bali, desde donde se puede coger otro barco hacia las Gili. Este hecho ha convertido a Padangbai en un divertido pueblito mochilero en el que han proliferado los hostales y los garitos de fiesta. Yo ya palpé el ambiente nada más llegar, ya que en mi camino encontré varios locales abiertos donde había gente tocando la guitarra o escuchando reggae, pero estaba tan cansada que me fui directamente al hostal.

Mi hostal de Padangbai, un descubrimiento cortesía de LP. Bonito y barato.

Genial el hostalillo, lleno de detalles singulares.

Lo que me zampé nada más llegar. Rico…

Y ha sido aquí, en este minúsculo enclave, donde he podido sorprenderme por primera vez con las particularidades que hacen de Bali una isla tan especial. Los balineses son en su mayoría hindúes, tienen un sistema de creencias politeísta y son tremendamente devotos. Por eso, todas las casas tienen una parte del terreno destinada a construir santuarios. Pero no uno ni dos, no; los balineses cuentan con patios en los que puede haber, tranquilamente, diez altares de grandes dimensiones en recuerdo de sus seres queridos que se fueron al otro barrio a los que honran continuamente. Entre que la sencillez no va con ellos, que sus dioses son de lo más rebuscado  y que es un pueblo muy ducho en materia artesanal, lo que he visto han sido auténticas obras de arte de arquitectura y escultura.

Una de las esculturas de un altar balinés.

Por otra parte son muy supersticiosos, y por eso se pasan el día colocando ofrendas en todas partes: en la entrada de las tiendas, sobre las motos y los coches, en medio de la acera… Son muy bonitas, consisten en una especie de cuenco hecho de hojas en cuyo interior colocan pétalos de flores, hierbas y hasta galletas o caramelos. Hay que ir con mucho cuidado para no pisarlos porque están por todas partes.

Una mujer colocando incienso en un altar.

Puesto de alquiler de aletas y gafas de buceo.

En realidad, no tengo mucho más que contar de Padangbai, salvo que es muy adecuado para descansar antes de abordar las Gili o Lombok. Pasé un par de días vegetando en el hostal, a pie de playa, aunque no la pisé mucho porque llovió. Me encontré de nuevo a Xabier, mi amigo de San Sebastian que conocí en Bromo. Esta vez se traía otro colega, Yop, o Job, o algo así, holandés que lleva seis meses de viaje, y con ellos dos pasé un par de tardes entretenidas hablando y poco más. Y desde aquí, me puse rumbo a las Gili.

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