Las falsas apariencias

Un día de verano el mundo se estremeció a causa de la matanza ocurrida en Noruega a cargo de Anders Behring Breivik. Dejó tras de sí 76 víctimas a las que asesinó sin prisa pero sin pausa, convencido de que hacía lo correcto en aras de la doctrina ultraderechista e islamófoba que idolatra.

El mundo después se sorprendió cuando tuvo acceso a su fotografía, y especialmente a su perfil de Facebook porque ¡Oh, sorpresa, sorpresa! Es un señor alto, rubio, bien parecido, con su propia empresa y con aficiones tan políticamente correctas como la lectura, la escritura o la música clásica. Un tío como los que una mujer puede conocer en un bar de Oslo, la entrañable, pacífica y civilizada Oslo, llena de noruegos igual de pacíficos y civilizados. Y se iría del bar pensando, quizá, que has conocido a un hombre interesante y encima guapete. Que qué suerte.

Cuando hacía estas reflexiones en mi muro de Facebook, hubo alguien que con mucho acierto preguntó ¿Es que alguien con apariencia normal no puede ser un asesino? ¿Ha de tener cara de macarra profesional? Evidentemente, no. Todos sabemos ya que los malos que secuestran niños son señores que sonríen y llevan caramelos en el bolsillo. Pero ¿lo sabemos o nos lo creemos de verdad?

Foto del perfil de Breivik en Facebook

Y es que, después, leí otra aportación que me llamó aún más la atención: ¿Por qué las fotos que las fuerzas de seguridad enseñan de los terroristas más buscados son siempre de señores con facciones muy marcadas y mirada de maleante?  Y, sin embargo, las caras de los políticos que salen en los carteles electorales salen retocadísimas para que tengan una expresión de no haber roto nunca un plato: sonrisas blanqueadas, rasgos suavizados, arrugas que se mitigan, cejas que se perfilan, barbas que se recortan….

Otro ejemplo que también está en lo alto del candelero en estos días: tres indignados consiguen burlar el cordón policial y entregar sus peticiones en el Registro de las Cortes. ¿Cómo lo hicieron? Yendo bien vestidos. Y así, otra vez se ha caído en el estereotipo que estamos intentando negar una y otra vez. Los mismos chicos, vestidos con su ropa de calle, con sus posibles piercings o rastas, sólo se hubieran llevado una negativa y quizá un porrazo. Pero con tacones, vestiditos y pantalones de pinza, han llegado más lejos que cualquiera de los cientos de manifestantes que les acompañaban.

Volviendo a lo de Noruega, ahora se dice que Breivik estaba loco y nos quedamos tan tranquilos. Pero eso no es una solución ni una realidad. El asesino de Utoya no está loco, sólo ocurre que es malo. Malo como los fanáticos de turbante que se autoinmolan por ahí. Sólo que este, ni es musulmán ni lleva turbante, es rubio y casa con el modelo de buena gente que tenemos instaurado en el cerebro. Es un semejante, es de nuestra cultura, aquí no podemos alegar las diferencias religiosas, culturales y educacionales que esgrimimos cuando el atentado viene de parte de un grupo islámico. Y esto descoloca.  Porque, efectivamente, nos resquebraja nuestros esquemas mentales sobre la diferencia entre el bien y el mal.  Así que es mucho más fácil salirse por la tangente diciendo que está loco y así evitar un cortocircuito cerebral.

Homenaje a las víctimas del doble atentado en Oslo. Foto:AFP

Noruega ha hecho muy bien mostrando la realidad tal y como es, porque va siendo hora de que nos creamos que muchos chicos con pantalones de pinzas podrían volver matar a 76 personas otra vez en nombre de un fanatismo y sin pestañear. Breivik no está loco, porque ha conseguido poner en jaque a toda Europa y difundir su mensaje homófobo por todos los rincones del globo. No fue un acto de locura, fue una estrategia meditada, planificada y perfectamente plasmada en un mamotreto de 1.500 páginas. No está loco, es un hombre blanco y malo. Un fanático blanco. Una figura que no queremos ver, pero existe desde hace tiempo, y habrá de tomarse en cuenta de una vez, dejando atrás cualquier tópico. La extrema derecha avanza por Europa peligrosamente y éste ha sido el ejemplo más claro. Antes mataban homosexuales y mendigos. Ahora ya no se conforman.

Y por favor, dejemos a los locos en paz, que bastante tienen con lo suyo. Como para que encima les metan en el mismo saco que los asesinos más fríos y sanguinarios.

3 Replies to “Las falsas apariencias”

  1. sissi85

    No nos olvidemos que como dijo Becquer el diablo tiene los ojos verdes ( no va con los chicos del 15 M, por supuesto) Pero es verdad que nos fijamos demasiado en las experiencias y el traje no hace al monje. Al menos los chicos del 15 M con sus rastas y su imagen personal hacen MÁS COSAS por este país que los trajeados del congreso. En este mundo tienen que cambiar tantas cosas

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  2. lazaromail

    Nabia… dos reflexiones.. simplonas pero que creo que van al hilo… La primera es que la sociedad tiene miedo de no poder identificar el mal, el terror, como algo ajeno.. algo diferente, que viene de fuera. De hecho el verdadero drama de la Segunda Guerra Mundial fue que alguien trajo el horror a la puerta de casa, el genocidio en el Centro de Europa.. y ya no pudimos seguir diciendo que era cosa de salvajes, de indios, de negros, de moros.. y construimos la Unión Europea para evitar que volviera a ocurrir.. pero tenemos frágil memoria… La segunda es que 42 años de odio en Euskadi me han enseñado que sí que hay dos bandos.. pero no los que toda esta tropa nos quiere contar.. está el bando de los que odian, los que encuentran razones para matar y causar el horror.. y está el otro bando.. que es normalemente el que cree en el diálogo, el que es más empático, el que rechaza la violencia y que normalmente es el que la acaba sufirendo..

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  3. julirepublic

    Totalmente de acuerdo. Cuando son terroristas islamistas, es que es por eso, se incide en que son musulmanes y radicales, que quieren acabar con nuestra forma de vida, libertad, democracia… Ahora, como es un tío que se declara conservador y cristiano, pues es un loco. Así además evitan molestas reflexiones y relaciones quienes están difundiendo el mismo tipo de ideología del odio antimusulmán y anti-izquierdista, es decir, no solo ya la ultraderecha, sino prácticamente toda la derecha, al menos en España.

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