La Gran Vía se muere

Los empresarios del mundo del espectáculo se quejan cada vez más a menudo: la Gran Vía, nuestro Broadway madrileño, se está convirtiendo en un gran centro comercial. En los últimos diez años, 40 cines han desaparecido en el centro de Madrid, y solo en 2011 cerraron 21.  Ya solo quedan el Capitol, el Callao y el Palacio de la Prensa, estos dos últimos se financian gracias a que disponen de unas pantallas gigantes que están dando juego a la hora de organizar eventos municipales y otras actividades.

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A mediados de abril, Altafilms, la distribuidora de cine de Enrique González Macho —presidente de la Academia de Cine— anunció que echaba el cierre. Esta noticia llegó días después de que su hijo, Enrique González Kuhn, hablara sobre su decisión de clausurar los cines Renoir de Majadahonda (todos los Renoir son de esta familia). Los vecinos tenían una iniciativa consistente en un micro mecenazgo para lograr que el cine siguiera abierto y, tras mucho batallar, han conseguido esquivar la muerte mediante su conversión en una cooperativa de vecinos que lo gestionaran desde ahora. Pese a ello, González Kuhn explicó que para que ese cine sobreviviese, necesitaría el doble de espectadores, y que hoy en día, había pasado de 130.000 a 70.000 y solo arrastraba pérdidas.

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Kuhn se quejó amargamente de la situación de la industria cinematográfica en España. Vaticinó que la situación de los cines madrileños irá a peor ya que compañías como la suya no pueden competir con magnates de la moda barata como Inditex o H&M a la hora de pagar un alquiler.  «La mayoría de las salas de Gran Vía son alquiladas, y yo puedo ofrecer un precio al propietario para poner un cine, pero luego llega Zara y paga cuatro veces más. ¿Qué puedo hacer ante eso?» decía. Así las cosas, hay un centro comercial donde antes estaba el cine Avenida, una hamburguesería en el Azul, un café en el Pompeya y una tienda de ropa en el Imperial. El cine Rex está, simplemente, abandonado, y  se ignora qué va a ocurrir con el Palacio de la Música, un caso aparte.

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El Palacio, abierto en 1926 como auditorio y reconvertido después en cine, acogió estrenos de relumbrón como GildaLo que el viento se llevó o El último cuplé. En 2008, el Ayuntamiento lo vendió a la Fundación Caja Madrid, que se comprometió a rehabilitarlo convenientemente y devolverle su función original, la de sala de conciertos. Ese año, Alberto Ruiz-Gallardón, por entonces alcalde, se comprometió a no permitir que se convirtiera en otro centro comercial y afirmó que sería un espacio para la cultura. Las obras comenzaron en 2010 y debían haber finalizado a principios de este año, pero por el camino Bankia quebró y buena parte de la obra social de la Fundación Caja Madrid se fue a pique. El Palacio de la Música parece haber sido uno de los perjudicados. Desde el año pasado todo está parado, ha sido puesto a la venta y se ignora cuál será su futuro.

Reflejos

Sí se sabe que el delegado de las Artes en el Ayuntamiento, Fernando Villalonga, insinuó en febrero que no pondrían trabas para facilitar su transformación en espacio comercial. En cualquier caso, predomina el hermetismo. El portavoz del PSOE en el Ayuntamiento, Jaime Lissavetzky, criticó en abril duramente a la Fundación Caja Madrid porque no respondieron su petición de entrar a las instalaciones para comprobar el estado de las obras. Lissavetzky no tuvo más remedio que dar su rueda de prensa en plena calle, en la esquina entre Gran Vía y Abada, que es donde está el cine, y de su boca salieron sapos y culebras que se perdieron en la algarabía de pitidos de automóviles, motores y sirenas propia de un medio día en el centro de Madrid.

Rebajas desesperadas

El Ayuntamiento parece que mira para otro lado y no toma ninguna medida para preservar los cines de Gran Vía y mientras tanto la avenida va perdiendo su esencia. González Kuhn hizo una apreciación: si toda la Gran Vía se convierte en una calle de tiendas, se perderá mucha vida. Los cines y teatros cierran tarde y, antes o después de la película, uno queda con sus amigos y cena o se toma unas cañas. Hay ambiente hasta la madrugada. Pero quien va a comprar, compra y se va. Y como muy tarde hasta las diez, en el caso de las tiendas que cierran más tarde.

Un cruce de la Gran Vía

Todo esta situación no ha pasado inadvertido para los madrileños. Hay plataformas de vecinos que están denunciando incansablemente el sucesivo cierre de cines, y en el caso del Palacio de la Música, se han recogido casi 21.000 firmas para que sea declarado Bien de Interés Cultural. Pero como suele pasar en estos casos, la voz de los ciudadanos no se oye, o no se quiere oír. La pelota está sobre el tejado del Ayuntamiento de Madrid, que tendrá que tomar cartas en el asunto y decidir si quiere preservar la Gran Vía como la hemos conocido todos hasta hace bien poco o si la malvenderá al primer magnate que aparezca blandiendo un fajo de billetes.

Más fotos de esta serie sobre la Gran Vía en este enlace

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