La ciudad de la nostalgia

Lleva viva mucho más tiempo que tú, y seguirá cuando tú ya no estés. El tiempo pasa por ella, por sus veteranas casas y edificios, tan apretujados que parece que en cualquier momento se fueran a caer sobre el Bósforo. Por todas sus mezquitas, algunas escondidas y otras fácilmente visibles desde cualquier punto de la ciudad.

Las gaviotas sobrevuelan Estambul y Estambul las observa, impasible, serena, con la tranquilidad de que nada ni nadie la moverá de allí. La han conquistado, incendiado, inundado, esquilmado y restaurado una y mil veces a lo largo de la Historia, la han poseído cristianos y musulmanes, han hecho con ella lo que han querido: maltratada un día y colmada de caprichos al siguiente, Estambul es una mujer fuerte y luchadora. Se ha levantado todas las veces, ha utilizado a su favor los cambios, los destrozos, los adornos viejos y los nuevos. Hoy, reinventada, su corazón late con fuerza desde bazares, templos, parques, avenidas, rascacielos, muelles o comercios.

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Dos mujeres revisan el ‘selfie’ que se acaban de hacer en Aya Sofía. / L. H.

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Zurullo gigante de carne para kebab en Istiklal. / L. H.

Ella es la ciudad de la nostalgia. En tu primera vez te acoge con lo evidente: el gran bazar, el otro de las especias, Aya Sofia, los paseos en ferry por el Cuerno de Oro, la plaza Taksim donde se vivió el 15-M turco, las lujosas tiendas de la avenida Istiklal, la torre Galata y su cola de turistas que quieren subir a lo alto, la mezquita azul y la de Süleymaniye, los hammam… Es la Estambul de guía de viajes que, sin embargo, no tiene nada de corriente y, creo, contenta a cualquier viajero con su perfecta mezcla entre exotismo y modernidad.

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Turistas haciendo fotos a una cúpula en Santa Sofía. / L. H.

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Turistas admirando un Pantocrator en Santa Sofía. / L. H.

Pero hay otra Estambul.

Una, dos, tres veces. Regresas y regresas. De cada esquina quedaron prendidos recuerdos, momentos e historias. Y los encuentras, martilleando tu mente sin compasión. Ella es la misma, pero tú no. Las personas con las que un día tejiste experiencias ya no están. Los lugares que conoces se antojan muy familiares pero, al mismo tiempo, han perdido algo del calor de hogar de antaño. Como si os presentaran de nuevo.

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La cúpula objeto de tanta foto. / L. H.

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Santa Sofía sigue igual, parece. / L. H.

Istiklal está tan abarrotada como de costumbre: los estambulitas se apresuran para recorrer cuanto antes la amplísima avenida; la tienen demasiado vista como para perder el tiempo en sus escaparates. En todo caso, comprarán aquello que necesiten en las firmas internacionales que tan bien conocen y seguirán su marcha. Muchos correrán para no perder la única línea de metro, de una sola parada, que cubre en menos de cinco minutos un pequeño tramo hasta el pie del Bósforo. Los turistas, sin embargo, se hacen fotos subidos a aquel tranvía de época que recorre la calle; compran helados y delicias turcas que los tenderos vestidos como Aladín venden a precios exageradamente altos. No se irán sin prestar atención a alguno de los músicos callejeros que ofrecen sus melodías desde cada esquina. No tienen prisa. En los pasajes que parten desde cada extremo de la avenida, los cafés están llenos de foráneos y extranjeros bebiendo té y fumando narguile.

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Hay que hacer fotos a todo / L. H.

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El tranvía de época que recorre la Avenida Istiklal. / L. H.

En medio de todo este trasiego, no encuentras a esa cara amiga que un día te recogió en la plaza Taksim, ya muy de noche, y te llevó a recorrer Istiklal por primera vez, explicándote todo acerca de su fama y su importancia. Esa alma cómplice que luego te llevó a cenar a un mesón pequeñito, apenas visible porque está en un semisótano, donde sirven el mejor meze de la ciudad. Vuelves a él, pero te falta tu anfitrión arreglando el mundo del periodismo con un vaso de raki. Te alegras de que le vaya tan bien en la otra punta del mundo trabajando en algo en lo que cree, donde por fin le valoran como se merece. Pero no está reñido con echar de menos.

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Una mujer hace una foto en Santa Sofía y la de al lado la mira. / L. H.

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Música callejera de primera calidad en las calles de Estambul. / L. H.

La torre Galata sigue donde estaba, y la gente joven de Estambul sigue haciendo botellón a sus pies los viernes por la noche. No hay que esforzarse mucho para recordar el lugar exacto donde dos muchachos sirios y una española viajera se sentaron una fría tarde de febrero para hablar de Aleppo, de la guerra, de lo dura que se había vuelto la vida desde que habían dejado de ser estudiantes para convertirse en indeseables perseguidos por Al Assad, en irregulares trabajando sin contrato en un país donde no entendían el idioma ni las costumbres, echando de menos a una madre, a unos hermanos, a una vida entera. Existir, en ese momento, no tenía ningún sentido. “Te despiertas, vas a trabajar al bazar, pasas 14 horas sin hacer otra cosa, vuelves a casa, duermes, te despiertas, vas a trabajar…”. Así describía su vida en Estambul uno de ellos. Miras ese lugar exacto y casi puedes verlos otra vez, como una aparición fantasmal.

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Unas niñas posan para una foto que la señora con la mochila de Reebook se dispone a hacer. / L. H.

Un recorrido por el barrio de Beyoglu descubre preciosas tiendas de ropa y complementos. Muy cuidadas, estudiadas, originales, atractivas. Quieres entrar y comprarlo todo. ¿Estaban antes? No te acuerdas, no prestabas atención la última vez que pasaste por allí. Todo parece muy fácil en esas calles serpenteantes donde, un día, la policía gaseaba a las personas que protestaban por la política autoritaria del presidente Erdogan. Allí sigue el portal donde los chavales sirios te salvaron de asfixiarte con el gas pimienta. Esas son las mismas calles y escalinatas por las que bajaste y subiste a trompicones, huyendo de temibles agentes armados con artefactos de destrucción masiva. A tus ojos, al menos, lo eran.

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Niños en Sultanhamet. / Lola Hierro.

Hoy nadie protesta, la noche discurre tranquila y tus amigos no están porque cumplieron su sueño: salieron de Turquía ilegalmente y después de mucho esfuerzo, miedo y sufrimiento llegaron a Alemania y a Holanda aún más ilegalmente. Hoy, refugiados con todos sus papeles en regla, inician una nueva vida con la perspectiva de un futuro más tranquilo del que les esperaba en Aleppo pero con el corazón dolorido por todo lo que han dejado atrás. Y tú te alegras, pero los extrañas en Galata y también en Eminonu cuando vas a introducir una moneda en la máquina de fichas del ferry. Porque recuerdas que, el mismo día que os conocisteis, uno de ellos te pagó las cuatro liras del billete porque tú no llevabas suelto. Y te encogió el corazón que una persona que habías conocido media hora antes y que estaba en una situación absolutamente precaria tuviera ese generoso gesto contigo, forastera occidental.

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El señor de las castañas remueve su té. / L. H.

Los recuerdos enredados en los recodos de Estambul te asaltan a cada paso que das. Vuelven a presentarse en Ushkudar, ese barrio asiático no tan conocido para el turista. En ese quiosco de té donde, con unos cuantos cojines, su dueño ha montado el mejor lugar para ver el atardecer más bonito y evocador de cuantos haya. El día vuelve a estar nublado, como aquella vez. Hoy tampoco habrá cielos naranjas ni amigos viajeros con los que tomar el pelo a las gitanas que venden rosas a las que ellas ven como parejas de enamorados. O tríos, en aquel caso.

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Gente en Sant Sofía. / L. H.

Los puentes que cruzan el Bósforo siguen estando igual de maltratados por el tráfico. Miras y te ves sorteando camiones a lomos de una potente motocicleta, agarrada con fuerza a la cintura de tu amigo conductor para no caerte por el camino. Él vendió esa fantástica moto, pero sigue viviendo en la misma calle de aquel barrio asiático con el encanto de los vecindarios de toda la vida. Sin embargo, hoy se encuentra lejos de allí porque las elecciones presidenciales que se celebran este fin de semana le han obligado a marchar a su ciudad natal para ejercer su derecho al voto.

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Un domingo cualquiera en la ciudad de la nostalgia. / L. H.

Hay otras cosas que permanecen sin cambio. Estambul sigue acogiendo, mal que bien, a miles de sirios y sirias, adultos y menores, huidos de la guerra. Chicas muy jóvenes con bebés en brazos mendigan en cada esquina. No está la mujer de Homs a la que compraste un bote de leche para su hija, pero hay docenas como ella. Niños descalzos y sucios vagabundean por los barrios pijos, como Pera. Justo allí, enfrente de uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, tres pequeñajos de no más de 10 años se enfrentan a un complicado problema. Se han peleado con otros chicos turcos y uno de los sirios ha recibido una pedrada en la ceja. Sangra sin parar. Una mujer, un punk con un perro de lanas y el botones del hotel elegante intentan ayudar, pero la situación es delicada: son menores no acompañados y, probablemente, sin registrar como refugiados. La mujer ha llamado a una ambulancia pero teme que la policía también vaya y se lleve a los niños a un campo de desplazados. Asegura que todo los turcos deben estar ahí y que, cuando los pillan las autoridades sin papeles, se los llevan a alguno de los 22 asentamientos que el Gobierno ha abierto para dar cabida al más de un millón de sirios que están en Turquía.

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Más fotos y más turistas. / L. H.

Los niños dicen que viven con sus familiares en las afueras de la ciudad, pero los transeúntes turcos no las tienen todas consigo y deciden quedarse y esperar a que llegue la ambulancia para que, en caso de que lleguen también los agentes, no puedan llevarse a los niños sin más. En esas están cuando los paramédicos llegan y curan al pequeño su herida de guerra, que solo requiere de un poco de desinfectante y unas gasas para contener la hemorragia. Un policía también hace acto de presencia y pregunta algo en turco que, obviamente, no entiendes. Pero antes de que nadie se dé cuenta, los tres muchachos han salido corriendo calle abajo. Mientras esta escena tiene lugar, hombres engominados y encorbatados y chicas de tacones imposibles, vestidos carísimos y litros de perfume con olor a petrodólares se bajan de coches de alta gama aparcados junto a un ostentoso edificio con aspecto de discoteca de moda. Así son los contrastes en Estambul.

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Un señor alimenta las palomas en Eminonu. / L. H.

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El bazar de las especias, cerrado por las elecciones. Qué curioso. / L. H .

Es la ciudad de la nostalgia, la ciudad de la melancolía. Y para que estos sentimientos se mantengan, deben crearse nuevos recuerdos que te tirarán de las tripas en tu siguiente visita. Así que te pones a ello, no es algo que puedas elegir. Nuevas compañías, nuevas experiencias. Un curso de fotografía improvisado dentro de Santa Sofía hará que, en el futuro, recuerdes qué bonito era el ejercicio de medir la luz en según qué lugares. Un paseo junto a los muelles, un almuerzo compuesto por montañas de pescado fresco. Unos paseos con nocturnidad y alevosía por los callejones de Beyoglu con ganas de perderse y una sola norma: no vale retroceder. Una pipa de agua con sabor a melocotón para resguardarse de la lluvia y planear un viaje a Irán. O al infinito. Comprar pan, tomates, queso y aceitunas como un vecino más en un comercio de barrio. Coger el metro y el ferry. Buscar el mejor kebab de la ciudad y dar con el peor. Bailar canciones de Grease en un bar de rock lleno de estambulitas. Y recorrer Istiklal una vez más pero, esta, con una corona de flores sobre tu cabeza. Caminar en silencio y observar y grabar en la mente esos momentos, esas imágenes, esas sensaciones. Y que así, al volver, haya algo por lo que sonreír.

 

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