Halong Bay: maravillas naturales y guías agresivos – Parte I

He llegado a Hanoi sin lluvia pero también sin sol, como viene siendo habitual desde el primer día que pisé Vietnam. Aquí no he hecho absolutamente nada por dos razones. La primera es que estoy extremadamente cansada después del viaje de doce horas en el más minúsculo e incómodo que me ha tocado hasta hoy. La segunda, porque reservé una excursión a la bahía de Halong para el día siguiente a mi llegada.

En esta ocasión he vuelto a recurrir a los viajes organizados siguiendo los consejos de muchos viajeros y bloggers que circulan por Internet. Hay varias opciones para visitar la bahía, pero hacerlo por cuenta propia resulta más caro porque habría que alquilar un barco entero para uno solo. Las alternativas que dan las agencias son varias: puedes ir y volver en el día o pernoctar una o dos noches en un barco o en la cercana isla de Cat Ba. Yo escogí la de dos días durmiendo una noche en el mar.

Navegar entre estas rocas gigantes es una experiencia única

Me tiré un buen rato preguntando precios en las millones de agencias de viajes que hay en el casco viejo de Hanoi porque las consecuencias del libre mercado han hecho que el mismo paquete se ofrezca por precios muy diferentes: 40, 60, 80 y hasta 150 dólares se pagan por la misma excursión. Yo conseguí la mía por 28 con las comidas incluidas, así que me quedé muy satisfecha, sobre todo tras comprobar que en mi grupo, yo conseguí la más barata. Una pareja de franceses había pagado 55 euros por lo mismo.

Minúsculos embarcaderos.

Barcos con mogollón de turistas.

No obstante, el resquemor me ha acompañado durante toda la travesía porque había leído historias terribles sobre lo mal que se trata al turismo en la bahía de Halong: impuntualidad,  faltas de respeto de los guías a los viajeros, gritos, insultos, timos de toda clase, robos a bordo, mala comida y hasta escorpiones en los camarotes. Iba sobre aviso, esperando lo peor y pensando que a lo mejor habíamos leído exageraciones. Qué equivocada estaba…

Mi barquito, y un marinero vietnamita al fresco.

En honor a la verdad, hay que decir que en mi grupo todo fue perfecto hasta el final. Nuestro guía era majete, pasó a buscarnos al hotel a la hora acordada, se le entendía bien cuando hablaba inglés y era amable, lo mismo que la tripulación, que aunque no te dejaban repetir ni una mísera taza de té, te la negaban con educación…

Esta es mi habitación, supuestamente, de categoría estándar. La de lujo es igual.

Por otra parte, mi habitación estaba muy limpia, la comida no era gran cosa, pero tampoco mala, e hicimos la ruta que se había acordado. Y por supuesto, el resto de viajeros no dieron ni un problema. Aquí conocí a dos chicos y una chica de Argentina muy simpáticos que andan de mochileros, como yo, y con quienes pasaría una noche de charlas y risas estupenda.

Este era el feliz panorama que tenía ante mi cuando abandoné la ciudad de Halong.  La travesía me llevó bordeando algunos de los más de tres mil islotes gigantes de formaciones kársticas desperdigados por el mar, cuya belleza en su conjunto le ha valido el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Dos gallos peleándose o un pez, según se mire. Dicen…

El nombre de la bahía (Ha Long) significa dragón descendente, y la leyenda cuenta que el emperador del Jade ordenó a un dragón celestial que frenasen la invasión enemiga proveniente del mar. El dragón escupió trozos de piedras preciosas -los islotes que ahora veo- que sirvieron para hundir los barcos enemigos. Y se supone que el dragón sigue viviendo en las profundidades de la bahía. Otra versión, no obstante, sostiene que lo que el dragón hizo fue sumergirse y golpear la costa muy fuertemente con su cola, hundiéndola y dejando únicamente las zonas más elevadas.

Pero Halong Bay no es sólo mágica por fuera, sino también por dentro. El viaje incluía la visita a una de las grutas formadas por la erosión del agua, en uno de las mini islas que salpican la bahía. Me tocó en suerte la de Thien Cung, y aquí es donde aluciné del todo. Se trata de una cavidad de altísimas bóvedas repleta de estalactitas, estalagmitas y otras miles de formaciones rocosas de todos los tamaños, texturas y perfiles.

Como las sábanas que esculpía Miguel Ángel sobre los cuerpos de sus figuras.

El cielo de la cueva.

¡Medusas!

En Thieng Cung dejan dinero por alguna superstición. Dicen que da buena suerte.

El trabajo de erosión es tan fino que ha creado unos relieves dignos de un Miguel Ángel o un Bernini, y muchas veces se pueden distinguir animales o plantas entre las figuras que se han ido formando por el desgaste.  Además, la gruta está iluminada con focos de muchos colores, dándole un halo de fantasía y misterio.

Halong Bay es uno de los sitios más bellos del mundo. Confirmado.

Desde aquí es un pez.

Aldea flotante.

Tras esta visita, seguimos navegando entre islotes, disfrutando del espectáculo natural que teníamos delante a pesar de que la visibilidad no era total. Y es que, para variar, hizo mal tiempo, y la densa niebla no nos permitió disfrutar de la bahía en todo su esplendor, ni ver el atardecer, ni tomar ninguna foto decente. No obstante, el paisaje sigue siendo una maravilla y me gustó igualmente. Ha sido otra forma de ver Halong Bay, no como en las postales, llena de sol y con cielos azules y aguas esmeralda, sino inmersa en la neblina, profunda, turbadora, inquietante y silenciosa.

Gente que se despioja.

Cortejando a la dama de la canoa.

Además, tuve la oportunidad de ver cómo se ganan la vida los pescadores de la zona, que viven en casas flotantes sobre el mar con todo tipo de comodidades, incluida televisión. Además de pescando, se sacan los cuartos vendiendo fruta y otros alimentos a los turistas que vamos en los barcos a precio europeo.

Una de las vendedoras de fruta en su barca.

La mala experiencia de la que hablé al principio del post irá mañana en otra entrada. Como es habitual, esta se me ha hecho demasiado extensa…

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