Explorando en Tinerhir, parte I – La marca de Alá

Sin haber desayunado nos hemos ido de vuelta a Hassilabied con los camellos en un paseo por el desierto mucho más silencioso si cabe que a la ida. El viento sopla muy fuerte y hace que las dunas cambien su dibujo. Nos hemos juntado con mas viajeros que también volvían en camello de sus respectivas excursiones y me siento un poco turista, un poco ganado, pero en un mundo tan globalizado como este tampoco tengo muchas esperanzas de encontrar rincones solitarios.

Amanece en el Sáhara.

He visto basura tirada en la arena, sobre todo botellas y plásticos. No es demasiada pero me ha indignado muchísimo. ¿Cómo puede la gente ser tan cerda? ¿Cómo se puede ensuciar tan descaradamente un espacio tan puro? Mi consejo para quien viaje allí es: lleva una bolsa bien grande y con ayuda del guía recoge la mierda que encuentres a tu paso. No lo he hecho porque no se me ha ocurrido hasta que lo he visto, pero la próxima vez que viaje por esas tierras lo pondré en práctica.

Parece que está saliendo el sol.

¡Buenos días, mundo!

Tenemos unas agujetas extremas en zonas del cuerpo que no sabía ni que existían. Tantas que he de confesar que la última media hora de trayecto estaba deseando llegar al pueblo y bajarme del camello. El mío tiene 10 años y nació aquí mismo, en Merzouga. Hassan me ha dicho su nombre pero es muy complicado y se me ha olvidado. Le he rebautizado habibi, que significa amigo en árabe.

Habibi, muy majestuoso en su hábitat natural.

Hassan también nació en las dunas, tiene cinco hermanos y cinco hermanas. Veo que se cumple lo que me contaba Laxen: que como los bereberes no tienen tele en el desierto, se dedican a procrear para no aburrirse. Por eso y por tener quien se ocupe de ellos cuando son ancianos ya que aquí no se estila eso de las pensiones. Hassan es de otra generación: tiene esposa pero hijos todavía no. Y los quiere, pero como mucho dos.

Hassan, súper feliz y espabilado por la mañana.

De nuevo en el hotel nos hemos dado otra ducha que nos ha venido fenomenal para quitarnos parte de toda la arena que llevamos encima aunque todavía nos cae si nos sacudimos. Hemos desayunado por última vez en Hassilabied antes de emprender nuestro camino y me he puesto ciega a esas aceitunas diminutas y sabrosísimas, las mejores que he probado en mi vida. No sé si las encontraré en otro lugar del mundo.

Qué fina la arenica.

Qué fina la arenica.

Antes de marcharnos, Laxen nos ha presentado  a dos nuevas compañeras de viaje. Son holandesas  y se llaman Lisa y Joshia.  Como viajan solas y van a seguir la misma ruta que nosotros, hemos decidido ir los seis juntos (con Nacho y María, claro, ya somos amigos como si nos conociéramos de toda la vida, Spain is different). Es una cuestión práctica, sobre todo: en los próximos días queremos atravesar el Atlas y visitar varias ciudades pequeñas y esto sería una empresa casi imposible si fuéramos solos: perderíamos tiempo porque no hay muchos autobuses y nos gastaríamos bastante dinero. Siendo seis, podemos viajar en lo que aquí se llaman Grand taxi, que son unos coches modelo Mercedes de los antiguos, todos ellos marrones, y todo ellos con conductor. Se alquila el coche entero y te lleva donde digas cuando digas. Para una pareja sale muy caro, pero siendo seis, que es el máximo de pasajeros que admiten, se ahorra mucho dinero. Es una locura viajar en estos coches, vamos todos apretados como sardinas: dos en el asiento de delante y cuatro en el detrás. En España esto sería una infracción de tráfico gravísima pero aquí es más que lo normal: es que el taxi no arranca hasta que no está lleno.

Las únicas sombras, las de las nubes.

Secarral marroquí. ¿Quién puede vivir aquí?

Total, que nos hemos puesto rumbo a Tinerhir, nuestra siguiente parada, pero antes María y yo hemos vuelto a la tiendecita bereber para hacernos con un pañuelo azul como el de los amazigh. Hemos regateado y conseguido que nos bajaran el precio de 80 DH a 45. Poco más de cuatro euros por un pedazo de tela de siete metros. No lo veo mal.

Formaciones rocosas.

De camino a Tinerhir he ido mirando por la ventanilla, que es lo que más me gusta hacer cuando viajo: cotillear todo con atención. Me he encontrado con un paisaje lunar, o mejor dicho, marciano. Los primeros kilómetros han sido tranquilos, pero en seguida hemos tenido que parar porque el conductor –no sé por qué razón- solo nos llevaba hasta un pueblo. Allí hemos cambiado de taxista y el nuevo nos ha preguntado si podíamos parar en una mezquita porque era la hora del rezo. Le hemos dicho que sí, ¡faltaría más! Y así, hemos llegado al desconocido Toza, un pueblo perdido que ni sale en los mapas, y que es donde yo he vivido mi experiencia mística de turno.

Hammams perdidos en el Atlas marroquí.

Ahí iba con mis pintas de turista: mochila colgando de un hombro, cámara del otro y gafas de sol más grandes que yo, dispuesta a husmear qué había en el pueblo este. Llego a la puerta de la mezquita donde un montón de hombres, entre ellos mi conductor, estaba rezando. Unos niños me invitan a entrar, pero me da corte y me quedo en la puerta mirando. Entonces los niños, que serán cuatro o cinco, me cuentan que hay también una mezquita para mujeres. Me cogen de la mano y me llevan a verla. Y la veo. Y me cabreo. Porque los hombres tienen un templo primoroso, bien decorado, ventilado y estupendo, y ellas están amontonadas en un chamizo de adobe al que apenas entra luz por la rendija que se supone que es el acceso. Pero allí están ellas, devotas y recatadas, de rodillas escuchando por un altavoz al imam que recitaba el Corán en el lado masculino. Y cuando me ven, me pasa lo contrario a lo que me ha estado ocurriendo durante todo el viaje: no rehúyen mi mirada, sino que me invitan a entrar. Yo digo que mejor no, que yo no sé hacer eso de rezar a Alá, pero nada, que da igual, me cogen por banda muy calladitas, me hacen descalzar y me colocan entre ellas. Y así, sin comerlo ni beberlo, me veo rezando no sé qué a no sé quién, en medio de una docena de feligresas. Así que opto por imitarlas: ahora las manos a la cara, ahora me tiro al suelo, para arriba, para abajo… Ellas de vez en cuando me miran y me sonríen.

Mezquita de los hombres. / © Lola Hierro.

Mezquita de los hombres. / © Lola Hierro.

Me hubiera encantado quedarme más tiempo para conocerlas después de la oración, pero me di cuenta de que a lo mejor mis compañeros me estaban buscando, así que me fui. Y cuando he llegado a donde estaban mis amigos, estos me han mirado sorprendidos porque resulta que tengo en el cuello unos arañazos muy grandes. No sé cómo me los he hecho, no recuerdo haberme rozado ni rascado ni nada parecido, y diez minutos antes, no estaban. Al final hemos llegado a la conclusión de que me ha marcado Alá. El mensaje todavía no lo hemos descifrado.

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GASTOS

Excursión por el desierto: desayuno del día de antes  y el de después + travesía de 1:30 en camello + noche en jaiba + cena + visita a Hassilabied = 300 DH

Viaje en Grand Taxi: Hassilabied – Tinerhir: 420 DH / 6 personas = 70 DH

Pañuelo bereber: 45 DH

Botella de agua grande: 5 DH

*El cambio es de 1 EURO = 11 DH

**Todos los precios que pongo son por persona, si es algo conjunto lo indico y lo divido para que salga el total de lo que yo pagué.

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