Espiando hipopótamos en Naivasha

Cuando una dice que se va a espiar hipopótamos a Naivasha es en sentido literal. Se trata de verlos lo más cerca posible y que no te pase nada, claro. Son los animales más peligrosos de África, los que más humanos matan. Parecen tranquilos e inofensivos, ahí sumergidos en el agua, gordos, parsimoniosos. Pero nada más lejos de la realidad. Son muy territoriales y si te pilla uno con sus enormes fauces llenas de dientes estás vendido.

En el lago Naivasha, a unas tres horas de Nairobi, la capital de Kenia, es relativamente fácil dar con ellos. El lago ocupa una superficie de 170 kilómetros cuadrados  de agua dulce, está en pleno valle del Rift, rodeado de colinas y volcanes inactivos, hogar de infinitas especies de flora y fauna autóctonas, sobre todo, aves. A su alrededor hay muchísimos campings para todos los presupuestos, desde pijos pijísimos hasta sencillos alojamientos a precio irrisorio. Muchos de ellos poseen su propio embarcadero y la mayoría zonas verdes para plantar la tienda de campaña si tu presupuesto no te permite una habitación o si te encanta acampar al aire libre. Es fácil reservar a través de internet y también llegar hasta allá en transporte público. Lo que no es tan sencillo es que no te timen en algún momento del proceso.

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Un hipopótamo en Naivasha. Actualizo el post con un par de imágenes nuevas a petición de un lector, que dice que se esperaba más. Lo cierto es que no es fácil ver hipos a plena luz del día, no es como ver palomas en El Retiro, así que solo puedo añadir un par más. / © Lola Hierro

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Un ave cuya especie ignoro en el lago Naivasha. / © Lola Hierro

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Atardecer en el lago. / © Lola Hierro

Un muzungu cualquiera intentará irse a Naivasha desde Nairobi, que es la ciudad desde la que parten todos los caminos, a primera hora de la mañana. No es por capricho, es porque en Kenia —y en todos los países africanos que llevo visitados— es mejor viajar de día porque a) hay más frecuencia de transportes y b) las carreteras son reguleras y la noche incrementa el riesgo de sufrir un accidente. En una de las calles del centro de la ciudad se agolpan, aparcados al borde de la acera, docenas de pequeños autobuses, los famosos matatus.

Las aceras siempre están abarrotadas de viajeros que hacen cola pacientemente, entre medias los empleados de las distintas compañías (porque hay muchas) vociferan sus destinos y venden billetes a diestro y siniestro. En medio de ese guirigay hay que encontrar el que va a Naivasha. ¿La mejor manera? Dejarse llevar, como una hoja mecida por el viento. El muzungu pregunta a cualquiera de esos hombres por el destino deseado y ellos le van pasando de mano en mano hasta que aterriza en el vehículo correcto. El único detalle importante a tener en cuenta es saber el precio aproximado de estos viajes, por eso de que cobren de más. 400 chelines kenianos es el precio que los viajeros más experimentados dan como bueno.

El viaje no reviste problemas, la carretera hasta Naivasha es relativamente buena en comparación con otras vías kenianas. Bordea el valle del Rift y pasa por un mirador con unas vistas espectaculares. La música a todo trapo es la tónica habitual en este tipo de transportes, que llevan hasta televisión dentro, así que más le vale al viajero no odiar demasiado el raggaeton, el hip hop, el dance y otros estilos bailongos.

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Árboles semi sumergidos. / © Lola Hierro

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Por la tarde, tranquilidad. / © Lola Hierro

Una vez en las proximidades del destino comienzan los  posibles problemas: uno de ellos puede ser no enterarse bien y  bajar antes de tiempo. Para ir al lago hay que apearse en la ciudad, Naivasha Town, y de ahí coger otro transporte de los que van bordeando el agua y soltando pasajeros en cada alojamiento. Pero si uno se entera mal o le informan mal, de repente se verá en medio de una carretera rodeado de motoristas que piden un riñón por llevar al despistado turista hasta su camping, por ejemplo, mil chelines por ir haciendo equilibrios en una motocicleta con dos mochilas a cuestas. Si a uno no le importa soltar dinero, puede aceptar el trato. Pero si le molesta sobremanera que le tomen por tonto, puede echarse a caminar y rezar lo que sepa para encontrar a alguien que no le quisiera cobrar tanto dinero. Pero al final siempre pasa otro matatu con empleados honestos que no timan a nadie, sea blanco, negro o fosforito.

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Mi amigo el perrete. / © Lola Hierro

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Pesca y amigos en el embarcadero. / © Lola Hierro

Al final, después de muchos calores y agobios, uno suele llegar a su destino. Yo no sé de nadie que se haya perdido en este trayecto.  Hay docenas de campings para elegir y uno como tantos otros es Carnellie’s Camp, económico y bien recomendado en internet. Qué alegría da descubrir una inmensa explanada de hierba cuajada de árboles al borde del lago, tan inmenso que no se ve más que agua, hasta donde se pierde el horizonte. Aquí y allá, desperdigadas, tiendas de campaña muy grandes y bien equipadas, algunos todo terrenos y furgonetas de viajeros de eso que tienen pinta de llevar años vagando por el mundo.

El lago está cercado por una valla metálica que por las noches está supuestamente electrificada. Y en la puerta, una advertencia bien clara: Beware of hippos. Go beyond the fence at your own risk. Children must be accompanied by adults. Esto en castellano significa: Precaución con los hipopótamos. Vaya más allá de la verja bajo su propio riesgo. Los niños deben estar acompañados por adultos. La verdad, cuando advierten que los huéspedes dormirán cerca de los hipopótamos, no se imagina nadie que sea tan cerca. ¿Y si uno sale del agua y te persigue? ¿Y si durante la noche entra uno en la tienda y te come? Qué miedo todo… Comer, no come ninguno, y de hecho es bastante difícil verlos durante el día, pues como mucho se aproximan a la orilla sin salir del agua, dejando ver solamente las orejas y un poco los ojos. Pero por las noches bien que se les oye bramar y caminar por la superficie. Claro que entonces no se ve ni torta, solo te los puedes imaginar.

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Un hipo paseándose por las orillas del lago, a sus anchas. / © Lola Hierro

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Muchos turistas a punto de salir a navegar por el lago. / © Lola Hierro

Por suerte, el entorno de Carnellie’s es tan bonito y tranquilo que disipa todos los temores rápidamente. No hay mucho que hacer allí salvo descansar y dedicarse a la vida contemplativa, a leer, a hacer fotos, a escribir, a pasear, a echarse siestas… Lo mejor, despertarse por la mañana, abrir la cremallera de la tienda y encontrarse el lago ahí en frente, tan cerca, tan pancho, como si no fuera con él la cosa. O echar las tardes en el muelle, intentando ver algún hipopótamo, o acercarse a la chimenea del restaurante por las noches con un té con leche y especias. Restaurante que, por cierto, merece mucho la pena porque tiene una comida deliciosa. Los precios son totalmente occidentales, qué se le va a hacer, pero las raciones generosas y muy ricas. Con un plato como una pizza o una ensalada comen dos, así que aunque el presupuesto no sea millonario, bien se pueden pasar las noches a la luz de las velas en los inmensos sofás, apalancado sobre mullidos cojines tapizados con esas telas estampadas tan típicas de África.

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Una señora lee en su camping. / © Lola Hierro

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Pescando algo en el lago. / © Lola Hierro

En el lago Naivasha hay bastantes actividades muy pensadas para el turista, autóctono o extranjero, como dar paseos en barca o realizar alguna visita por los parques cercanos. De toda la oferta disponible hay una de lo más chocante: un safari en bicicleta. Sí, sí, a pelo. Sin la protección de un buen todoterreno en el que encerrarse si un león quiere atacar. El lugar tiene un nombre que tampoco invita a quedarse: Hell’s Gate o Puerta del Infierno. Pero tiene una explicación prosaica: se puede ir en bici porque no hay animales carnívoros, solo amistosas cebras, jirafas, gacelas, búfalos y facóqueros. Y ese nombre tan de asustar es por la actividad geotermal que se da en el interior de este parque. Vamos, que al final lo de alquilarse una bicicleta y darse una vuelta por ahí no es para nada una experiencia de alto riesgo.

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Hell’s Gate y sus interminables caminos para ir en bici. / © Lola Hierro

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Una jirafa cruzando por en medio de la carretera. / © Lola Hierro

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Búfalos inofensivos, dicen. / © Lola Hierro

El paseo tiene premio porque también se puede uno adentrar en una garganta espectacular que se encuentra al final de un camino muy largo que se puede hacer en bici o en coche (a pie creo que se tardaría demasiado) y que está en uno de los extremos del recinto. Una vez llegados allá, lo único que hay que hacer es meterse en ella —para lo cual hay que bajar por una pared que para la inmensa mayoría de la humanidad es sencillo y para mí es un horror— y recorrerla durante varios kilómetros por unas galerías que el agua ha erosionado formando unas paredes muy lisas y bonitas, que parece que uno está metido en una película de aventuras.

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Adentrándose en la garganta. / © Lola Hierro

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Giros y giros, y no sabes qué viene después. / © Lola Hierro

El paseo por la garganta es una maravilla y además no hace falta contratar guía, aunque varios voluntarios dirán lo contrario a todo el que pase. Pero fijándose uno un poco, observando hacia donde va el resto de visitantes y con sentido común, se hace la ruta completa sin problemas. El principal escollo es que a veces hay que trepar un poco por alguna pared, o subir por un muro utilizando una cuerda, o pegar algún salto un poco pronunciado. Nada del otro mundo para alguien un poco en forma.

En Hell’s Gate, no obstante, todo puede ser una sorpresa. Un pacífico paseo en bici puede convertirse en una aventura de acción si los monos del parque deciden molestarte. Suelen estar en la entrada de la garganta y también en la del parque, donde hay una tienda de recuerdos y de comida. Están al tanto de cualquier resto de comida que algún incauto lleve encima, y no dudan en mostrar agresividad si les conviene.

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Por aquí se puede escalar, en teoría. / © Lola Hierro

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Un hipopótamo a orillas del Naivasha a plena luz del día. No suelen salir. / © Lola Hierro

También puede uno acabar escalando una montaña con ayuda de los equipos para tal efecto que ofrece un señor muy simpático al pie del muro. Eso sí, la amabilidad del señor es inversamente proporcional a la calidad de las cuerdas y demás material. No da mucha confianza. Tampoco la dan los ¿castores? salvajes que habitan por allí. Una clase de bicho desconocido pero muy acostumbrado al humano. Solo busca comida y no se arredra si se le intenta asustar o espantar de alguna manera, al contrario: se pone farruco y te saca los dientes. Muy parecido a los delfines asesinos de aquel capítulo de los Simpson.

Otros capítulos de este viaje

*Sigue este enlace para ver todas mis fotos de Naivasha y Hell’s Gate

13 Replies to “Espiando hipopótamos en Naivasha”

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  10. Rafael

    Me ha gustado, pero sólo una foto de un hippo paseando cuando el título prometía más. Y no queda claro , ¿está el lago cercado por una valla metálica?

    Reply
    • Lola Hierro Post author

      Sí, el lago está cercado por una verja que tiene una puerta, así que se puede cruzar. Si quieres ver más fotos de hipopótamos puedes hacerlo en el enlace que hay al final del texto. saludos!

      Reply

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