‘El hambre escondida’ gana un premio de periodismo

Hace algo más de un mes me dieron un premio de periodismo. Es la primera vez que recibo uno y me hizo mucha ilusión, sobre todo porque el trabajo galardonado fue uno que describe una situación que, a mi juicio, merece ser contada y recordada una y otra vez. Cuando me pidieron desde la organización que preparara un discurso para la ceremonia, tenía muy claro lo que iba a decir. Pero había un problemilla: el día de la entrega yo iba a estar fuera de España, trabajando. Y no iba a poder pronunciar ningún discurso. Por suerte, mi madre salvó la situación porque ella leyó unas palabras que le envié desde la India. Ahora he decidido colgar el discursito de marras aquí, más que nada por dar la tabarra un poco más sobre lo importante de todo esto, que es la situación de las personas que describo en ese reportaje. Aquí va:

 

Buenas tardes. Soy Lola Hierro, la periodista que ha ganado este año el premio de Manos Unidas de Prensa y les envío este mensaje porque me es imposible estar hoy allí para hablarles en persona, ya que me encuentro trabajando en India. Antes de proseguir, que vaya por delante mi profundo agradecimiento al jurado de Manos Unidas por haber elegido mi reportaje como merecedor de este reconocimiento.

 

Como saben, la historia que presenté a este concurso se llama El hambre escondida y trata sobre la malnutrición crónica que azota Etiopía. No me refiero a la emergencia humanitaria debida a las hambrunas de los años ochenta; la situación del país ha mejorado mucho, pues lleva una década creciendo a ritmos superiores al 10% de su PIB y el Gobierno está acometiendo profundas reformas en sanidad o educación para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, pero la realidad hoy es que el hambre es todavía la culpable del 28% de la mortalidad infantil del país, que más de 300.000 niños son tratados por malnutrición cada año, que muchas madres tienen que dejar morir a sus hijos de inanición porque les es imposible pagar un tratamiento y que miles de jóvenes sufren secuelas importantes en su desarrollo porque no fueron correctamente alimentados de pequeños.

 

Esta es una realidad escondida, un problema olvidado porque no sale en los medios de comunicación habitualmente, pero es un problema que existe; que no lo veamos no significa que no ocurra.

 

Esta noche quiero decirles que este reconocimiento es para mí es muy importante; no solo a nivel personal y profesional, que también, sino porque esta es una de las pocas maneras con las que considero que mi trabajo sirve para algo: para dar visibilidad a un problema que, de otra manera, no se conocería en absoluto. Quiero animarles a que, si no lo han leído, lo lean, y que si ya lo han hecho, lo compartan y lo cuenten a sus amigos, a los compañeros de trabajo, a la familia… Que den voz a estas personas que encontré en Etiopía y que actuen de la manera que puedan.

 

Sé que es imposible acabar con todas las desgracias del mundo, pero pienso que siempre se puede hacer algo más. Se puede apoyar al hospital de Gambo, donde están tratando a la mayoría de niños que describo en este reportaje y que está al borde del cierre por falta de fondos. Se puede ayudar al pediatra Iñaki Alegría, que acaba de iniciar allí un proyecto de alimentación terapéutica; a las misioneras María Solís y Teresa López o al padre salesiano Alfredo Roca, todos ellos héroes cotidianos, valientes e incansables, que están luchando contra ese monstruo del hambre con escasos medios pero férrea tenacidad.

 

También me gustaría reclamar el interés de los representantes del Banco Santander, entidad que patrocina este premio y a la que también estoy agradecida. Si están buscando nuevas ideas para su estrategia de Responsabilidad Social Corporativa, yo les invito a que hablen conmigo porque les podré dar unas cuantas.

 

Y esto es todo lo que voy buscando: atención para estas personas en Etiopía; supervivientes natos, resistentes, luchadores y fuertes que se merecen todo nuestro respeto. Estoy segura de que si alguno de nosotros tuviéramos que vivir en las condiciones en que ellos lo hacen, la mayoría nos echaríamos a llorar y no aguantaríamos ni un par de días. Y, sin embargo, ellos y ellas sortean todos los obstáculos que se les ponen por el camino con una dignidad y presencia de ánimo envidiables.

 

Para terminar, quiero dar las gracias de nuevo: a mi familia y a todos los que me apoyan desde el principio, desde que no era más que una colegiala que soñaba con ser reportera. Y también a los que me han ayudado en este último tramo de mi carrera, como Manos Unidas o Planeta Futuro, la sección de El País donde colaboro, porque hacen posible que estas historias se conozcan. Muchas gracias a todos y que pasen una agradable velada. Buenas noches.

El hambre escondida

Una mujer abraza a su pequeño en un centro de alimentación terapéutica de Zway (Etiopía). / LOLA HIERRO

Sus médicos creyeron que no pasaría de esa noche. Obse llegó al hospital en brazos de su abuela a última hora de la tarde de un 21 de noviembre. Seis meses de edad y tres kilos de peso fueron su carta de admisión en el área de pediatría del hospital rural de Gambo, una aldea a tres horas al sur de Addis Abeba (Etiopía). La minúscula niña apenas se movía; tan solo alcanzaba a emitir leves quejidos, como un gato recién nacido. Su pelo ralo, mirada triste y piel arrugada se asemejaban demasiado a los de otros miles de niños a los que se llevó por delante el peor mal que afecta a los más pequeños en Etiopía: el hambre, razón directa o indirecta del 28% de la mortalidad infantil en el país.

LEE EL REPORTAJE COMPLETO EN EL PAÍS

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