Documentando la trata de mujeres: el ‘behind the scenes’ de una reportera

Esta es una de esas entradas difíciles de escribir. Como la que hice tras visitar los campos de refugiados de la frontera entre Turquía y Siria o cuando cubrí para El País la muerte de siete mineros en León. Esta vez, el trabajo me llevó a Almería para documentar una de las historias más sucias, crudas, injustas y silenciadas con las que me he topado en la vida. Durante cinco días, mi compañera del diario Ángeles Lucas y yo recorrimos los invernaderos de Roquetas de Mar para averiguar cómo sobreviven hoy en día las miles de mujeres explotadas sexualmente que están allí atrapadas. Porque sí, porque están atrapadas, encerradas y controladas en un escenario miserable e insalubre a solo unos pocos kilómetros de los hoteles de lujo,  las casitas de playa y los paisajes paradisiacos del Cabo de Gata. No las vemos, pero cada año entran a España cerca de 50.000 y se mueven unos cinco millones de euros al día en dinero negro, claro. La trata de mujeres muestra en Almería su cara más desgarradora.

Poco sabía yo de este fenómeno hasta que la periodista Lola Huete me animó a conocerlo más de cerca. Partía de un reportaje que escribió ella en el 2009 para El País Semanal titulado Mujeres invisibles en el que hablaba de la trata y explotación sexual de mujeres que inician su proceso migratorio en África con la intención de llegar a Europa. Lola había estado en Almería pero había profundizado más en Marruecos. Cinco años más tarde, tocaba ver cómo están las cosas en nuestro propio país.

Muchos pensaréis que prostitución hay en todas partes, que por  qué me fui justo a Almería, como si fuese peor que el resto de España. La  respuesta hay que encontrarla en la economía, como para casi todo. En los años de bonanza económica, Almería vivió una expansión tremenda gracias a la práctica de la agricultura intensiva en los invernaderos. Son 28.000 hectáreas de cultivos bajo plásticos en los que se empezó a necesitar mucha mano de obra. Mano de obra barata, claro. Por entonces, los españoles rechazábamos esos trabajos precarios así que toda la producción fue cubierta con inmigrantes sin papeles y mal pagados. Los guineanos fueron los primeros en abrir clubes y bares de alterne en las viejas casas de labranza de la zona. Se llenaron de mujeres, algunas libres y otras controladas por mafias, que ofrecían sexo de bajo coste.

Típico cortijo donde viven y trabajan mujeres traficadas / © Lola Hierro.

Con la crisis, la situación de estas mujeres ha cambiado. Ángeles y yo contamos ampliamente enLa olvidadas de los invernaderos’, un reportaje publicado en El País, lo que nos hemos encontrado, pero aunque el texto es largo de narices, siento que me he dejado demasiadas cosas en el tintero y que ni con un millón de artículos podría describir todo el horror  en los ojos de las mujeres que vi durante esos días. Conocimos, tranquilamente, a 40 o 50. Recorrimos cortijos aparentemente abandonados pero en los que dentro vivían chicas subsaharianas, marroquíes, rusas o rumanas en condiciones totalmente insalubres. Visitamos pisos en los que vivían y trabajaban, por lo menos, una docena de prostitutas guineanas. Conversamos con algunas más en los bares de esas viejas casas de labranza por los que hoy ya casi no pasa nadie ,y si pasa, no es para nada bueno. También estuvimos un par de días con algunas chicas que han salido de ese infierno y hoy viven acogidas con las monjas Adoratrices, que, dicho sea de paso, hacen una labor encomiable con total discreción y humildad. Para mi, estas religiosas, junto con las Oblatas, son auténticas heroínas en esta historia. Igual que los trabajadores de Médicos del Mundo y resto de ONG que dedican su vida a ayudar en la medida de lo posible a estas mujeres. También incluyo a la Junta de Andalucía, que ha desafiado la orden ministerial de retirar la tarjeta sanitaria a los sin papeles y  está ofreciendo cobertura gratuita (la mayoría de estas mujeres no tienen documentación).

Tras la enorme palmera se distingue una extensión infinita de plásticos. © Lola Hierro.

Uno de los días hicimos una visita a varios cortijos con una unidad móvil de Médicos del Mundo. Ángeles y yo no abrimos la boca en toda la noche, solamente observamos desde nuestro sitio el trabajo de la psicóloga, Asma, y del enfermero, Vladimir. Por esa furgoneta pasaron docenas de prostitutas aquella noche, cada una con una historia más dolorosa que la anterior. Es desalentador comprobar in situ el miedo que tienen a sus chulos y que les impide hablar, denunciar su situación y salir de esa vida infernal. Algunas llevan el móvil en la mano con una llamada en curso. Al otro lado de la línea, el tipo escucha todo lo que ellas cuenten a los médicos o trabajadores sociales. Una cosa es leerlo en un informe, y otra es ver con tus propios ojos cómo eso es así, cómo una mujer con un ojo morado dice con risitas que está todo muy bien y que es muy feliz mientras en la pantalla de su teléfono se ve cómo pasan los minutos y segundos que está durando la llamada…

Cortijo en medio de los invernaderos de Roquetas de Mar (Almería). © Lola Hierro.

Cuando acabamos la visita en la unidad móvil yo tenía ganas de vomitar, mi cabeza estaba saturada de tanto drama, uno tras otro, todos inacabables y sin solución posible. Porque lo que más me indigna de esta historia es que no tiene arreglo porque no queremos que lo tenga. Un tifón no se puede evitar, pero que haya miles de mujeres explotadas sexualmente bajo control de mafiosos que se pasean impunes por el mundo sí es evitable, es una aberración que ha creado el ser humano y creo que se podría hacer mucho más en la lucha contra las redes de trata.

La crisis, por otra parte, lo ha empeorado todo. Antes una mujer podía rechazar a un cliente si este no se ponía condón porque tenía muchos más, pero como ahora no hay demanda ni dinero, ellas se agarran a lo primero que les ofrecen. Y si hay que follar sin condón, se folla. Y luego vienen las enfermedades, los embarazos no deseados… Si se niegan a echar el polvo, el chulo las zurra porque no han ganado dinero ese día. Suena a película de miedo, ¿verdad? A drama en el tercer mundo. Pues este tercer mundo, o mundo de tercera más bien, no está en África, está aquí mismo, muy cerca de nuestras casas, cerca del centro comercial donde vas a comprar con tu familia o de la gasolinera donde paras cuando vuelves de currar.

Así lo veía yo, en concreto, en uno de los cortijos. A pocos metros de una estación de servicio en la que repostaban familias con niños, abuelitos, parejas jóvenes o chavales con pinta de JASP (esos jóvenes aunque sobradamente preparados del anuncio), había nigerianas, marroquíes y guineanas sumidas en una vida de mierda y sin que nadie las ayudara, sin nadie que las sacara… Sin una madre o un padre que se preguntara dónde está su hija y fuera a buscarla y a sacarla de allí de los pelos. Todas esas chicas han sido niñas, han tenido sueños, habrán querido tener un novio que las quiera, unos hijos, una boda, un trabajo, una casa… Y están solas en un país del que desconocen todo, desde el idioma hasta la legislación, donde no pueden crear vínculos afectivos porque sus chulos las controlan constantemente, donde no pueden llamar a casa y hablar con su madre, donde tienen que abrirse de piernas para que un tío asqueroso las folle como le dé la gana. Y que lo máximo que puedan esperar es que no las haga mucho daño y que no les pegue alguna venérea.

La puerta hacia la libertad, tan difícil de cruzar.. / © Lola Hierro.

Con un poco de suerte, un día aparece la policía y se las lleva a todas a comisaría por no tener documentación. Si denuncian a su chulo, tendrán cierta protección gubernamental, pero ¿quién denunciaría sabiendo que en el momento en que se sepa, él igual mata a tu familia? ¿Quién denuncia cuando tu fe te dice que si lo haces, todos los males de la tierra caerán sobre tu cabeza? Lo que no se suele saber de las redes de trata es que consiguen la sumisión de las mujeres atándolas a nivel espiritual, jugando con sus creencias. Es como si a la persona más cristiana del mundo le dices que si se va, irá al infierno.

Ah, que se me olvidaba: si no denuncian, la administración pública las abrirá un expediente sancionador por estancia irregular y acabarán deportadas en su país. ¿Fin del problema? ¡Qué va! Suele ocurrir que la misma mafia que las llevó a España la primera vez las vuelve a coger en el aeropuerto cuando llegan y las manda de vuelta. Esto lo cuenta maravillosamente bien un informe de la ONG Women’s Link Worlwide sobre la trata de mujeres y niñas nigerianas. Escribí una noticia sobre eso pero el informe es mucho más completo. Lo recomiendo encarecidamente.

Clientes de un bar sin nombre. / © Lola Hierro.

Yo, realmente, no sé qué más decir. Otras veces he vomitado en este blog todo lo que sentía tras hacer un reportaje difícil y me he quedado un poco más tranquila. Esta vez no es el caso. Tengo en la memoria las caras de muchas de esas mujeres. Tengo la cara regordeta de Laura, su tono de voz lastimero cuando me decía que muchos españoles que van buscando un servicio al final lo que necesitan es hablar porque están desesperados con la crisis. Y que ella prefiere que vayan a verla a que se emborrachen o se droguen o se suiciden por ahí. Tengo grabado el momento en que Fatija me pinto las uñas con dos esmaltes, uno fucsia y otro de purpurina. A Fatija la han pegado hasta el infinito, hasta hacerle perder un bebé cuando estaba de ocho meses. La han acuchillado, golpeado, violado… y su cuerpo está muy deteriorado, pero ella es todo corazón y delicadeza; nunca nadie me ha pintado las uñas con tanto mimo y con tanto cuidado.

Atardecer sobre los plásticos. / © Lola Hierro

No olvido tampoco a esa primera chica que visitamos, que no sale en el reportaje ni siquiera porque nada nos dijo, apenas salieron monosílabos de sus labios. Decía llamarse Joy, era muy menuda, y la encontramos dentro de un caserón medio en ruinas, sentada en un sillón viendo la tele, sola. Le daba mucho corte hablar, solo nos dijo que pasaba diez horas al día allí para hacer trenzas en el pelo a quien quisiera. ¿Pero quién coño va a un cortijo en medio de 28.000 hectáreas de invernaderos a que le hagan trenzas? esa mujer no nos miró ni una sola vez a los ojos, solo miraba al suelo, a las paredes… Lo que no sé es cómo nos dejó entrar y hablar con ella. ¿Y qué habrá sido de ella, por dios? A ella no la conocían los de las ONG que hablamos. Algunas tienen cierta asistencia, pero muchas, muchísimas otras, están completamente descatalogadas, fuera del sistema, abandonadas a su suerte y a la voluntad del hombre que las controla en la sombra. Dejando que extraños invadan su intimidad y su dignidad por cinco o diez euros el polvo.

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