Desde la inmensidad del desierto

Lo que hemos vivido en el desierto durante esta expedición no se puede describir. O sí, pero no sé hacerlo. Valgan mis recuerdos: las risas cuando Laxen nos ponía los turbantes de 7 metros de largo –amarillos ellos, azules nosotras-, para protegernos la cabeza del sol, igual a como él lleva el suyo.  La sensación de estar en una montaña rusa cuando el camello se levantó y me vi con los dientes en el suelo. La impaciencia por llegar a esas dunas misteriosas, cada vez más y más cerca. La infinitud del desierto, el silencio ensordecedor, el azul del cielo y los turbantes, el naranja y el dorado de la arena.

El Sáhara es una pasada, sí o sí.

Hemos pasado una noche en medio del desierto, y para llegar hasta allí hemos emprendido una travesía de una hora y media entre las dunas, sumidos en el silencio más completo y mecidos por el andar parsimonioso de los camellos. Al principio nos reíamos mucho, nos hacía gracia todo, tirábamos mil fotos… Estábamos alucinando con el paisaje, con lo raro que resulta ver arena y más arena hasta donde alcanza la vista, dunas altísimas, de mil curvas y formas, y huellas de animalitos como salamandras, camellos, murciélagos o zorritos.

Subirse a un camello tiene su cosa…

 

Aprendiendo a conducir camello

Después de la excitación inicial, cada uno se metió en sí mismo y se sumió en sus propios pensamientos. Nuestro camellero, Hassan, es un tipo muy amable y risueño. Guía nuestros camellos con mucha pachorra, sin prisa pero sin pausa. “Prisa mata”, dicen aquí.

Hassan nos ha guiado a través de las dunas.

Nuestras sombras.

Hemos llegado a la jaima a última hora de la tarde, con el tiempo justo de subir a una duna para ver la puesta de sol, algo que se ha convertido en una misión imposible. Con tres kilos de arena en cada zapatilla y la lengua fuera, hemos llegado y por este orden hemos respirado, flipado y nos hemos hecho una buena sesión de fotos, no solo del paisaje, sino de nosotros mismos: juntos, separados, con los turbantes haciendo el bereber… A estas alturas mi cámara echa humo: donde miro, hay una foto.  Ahí hemos sido conscientes de la inmensidad del desierto, que a mis ojos me parece un océano dorado.

María y Nacho, dos exploradores pro.

Tó esto que veis… ¡es mío!

Cuando la luz se ha ido hemos bajado a la jaima o tienda de campaña típica, donde Hassan ha montado un buen tinglado mientras nosotros hacíamos el canelo subidos a la duna: ha colocado en una explanada una alfombra enorme con cojines y una mesita baja donde hemos pasado la noche bebiendo whisky bereber (mas té a la menta) y comido un perolo gigante de frutos secos.  Hemos estado tranquilamente un buen rato mientras Hassan terminaba de cocinar la cena: un plato típico de su etnia que no sabemos qué era, pero que llevaba queso, lentejas, carne, especias… Con la única luz de un par de farolillos, no he podido fijarme bien qué era lo que estábamos comiendo, pero estaba buenísimo.

Hassan y sus camellos. Es un tipo feliz.

Los camellos descansando después de la ruta.

Hemos cenado dentro de la jaima porque hace un viento muy endiablado, pero después hemos vuelto a salir para ver la tele del desierto, es decir, los millones de estrellas que se ven aquí, sin contaminación lumínica alguna. Ninguno de nosotros sabe de constelaciones, así que no sé lo que he visto, pero yo creo que no faltaba ninguna. Cuánto estoy echando de menos un trípode para hacer fotos nocturnas. No ha podido ser, pero al menos he visto tres estrellas fugaces y he pedido los correspondientes tres deseos.

Si miras hacia un lado, el desierto es así.

Y si miras hacia el contrario, es así.

Dormir al raso ha supuesto una odisea. Queríamos quedarnos panza arriba toda la noche mirando el cielo hasta quedarnos K.O., pero el viento nos ha estado tocando las narices de mala manera. Hemos intentado quedarnos fuera utilizando toda la ropa de abrigo, los turbantes bien enrollados alrededor a la cabeza y cuatro mantas cada uno que Hassan nos ha dado, pero tras media hora sacándonos arena de los ojos, Tirso y yo nos hemos metido en la jaima para poder dormir un poco. Si no puedo abrir los ojos por la cantidad de arena que el viento levanta, de nada me sirve quedarme fuera para ver estrellas.  Es una faena, la temperatura no es muy fría, pero el viento es más puñetero de lo que me imaginaba. María y Nacho han aguantado fuera toda la noche, y ahora, les sale arena de todos los rincones de su cuerpo.

Mi horizonte.

Yo me he levantado esta mañana un poco antes del amanecer porque quiero saludar a Lorenzo. Sigue haciendo un viento muy puñetero.

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