Chiang Mai de templos y mercadillos

Vuelvo a las andadas después de haberme pasado unos cuantos días desaparecida. No he estado de fiesta por ahí, sino enferma, y bastante. No sé si fue por el agua que tragué sin querer durante el Songkran, o por el aceite de pinta sospechosa que se usa en los puestos callejeros de comida, o por el hielo utilizado en los batidos de frutas… o por las tres cosas a la vez. De todo me puse morada, y el resultado ha sido una bacteria o virus estomacal, no lo tengo muy claro, que me ha dejado tres días sin poder salir de la habitación de mi hostal, con un fiebrón y expulsando todo tipo de sustancias por todos los orificios de mi cuerpo. Precioso. Por suerte, la enfermedad no ha ido a más. Me tomé todo lo que pude del botiquín y a día de hoy ya vuelvo a ser persona.

Rezando en una mesa, con la limonada servida. / © Lola Hierro.

El primer día que pude volver a pisar la calle me di una buena vuelta por Chiang Mai. Lo primero  que tenía que hacer era conseguir un billete de autobús o de tren para salir hacia Bangkok. Pensaba que la cosa iba a ser más fácil, pero me equivoqué de cabo a rabo: hay mucha frecuencia de transportes públicos para ir a la capital, pero yo no caí en que -aunque ya se haya acabado lo de echarse agua- seguimos en Songkran, y todo el mundo vuelve a su casa en estos días posteriores a la fiesta grande. Conclusión: que estaba todo lleno. Yo tenía ganas de irme ya, ya he tenido bastante Chiang Mai, pero mis opciones eran: gastarme una pasta para ir en primera clase de tren o esperarme un día más, que es lo que he hecho. Realmente, me seguía saliendo más barato pagar una noche más de hostal y alimentación en Chiang Mai que coger ese tren lujoso.

Templos impresionantes, / © Lola Hierro.

Una vez arreglado esto, me dispuse a conocer la ciudad un poco más en serio. Además, no me quedaba otra…  En ese día y medio he podido descubrir la Chiang Mai más cultural, más espiritual y más… desierta. Y es que ahora las calles se me antojan fantasmales después del bullicio de los días pasados.

Atendiendo a un mural-cómic sobre castigos divinos. / © Lola Hierro.

Llamada la rosa del norte, Chiang Mai es la capital cultural del norte de Tailandia. Fue fundada en 1296 por el rey Mengrai, y llegó a tener un gran esplendor por su ubicación estratégica. Si tienes dinero y tiempo, puedes sacarle mucho tiempo. Yo no lo tengo, así que deje para otro viaje todos esos circuitos por la naturaleza para ver elefantes y aldeas de tribus. Ya tuve de eso en Laos. La opción más económica en esta ciudad es caminar y visitar templos, de los que hay casi 300. La verdad es que me lo he currado muy poco; el calor asfixiante y mi falta de energías han sido los culpables. Aún así, he podido visitar unos cuantos wats muy interesantes.

Monje lector en su templo. / © Lola Hierro.

Adornos del Songkran y monjes para arriba y para abajo. / © Lola Hierro.

Cosas de niños / © Lola Hierro.

El primer templo con el que me topé fue, si no me equivoco, el de Wiang Kum Kam. Es uno de los más antiguos de la ciudad, de hecho la construcción principal está en ruinas y en lo alto han colocado una estatua de un Buda sentado. Alrededor hay otros templos más pequeños. Cuando llegué, un grupo muy numeroso de jóvenes monjes estaban entrando para una ceremonia. Me entretuve haciendo fotos a los chavales, a los que vi obedientes pero muy aburridos, la verdad. Y me sorprendió el hecho de que pudieran comer durante los ritos. Había uno que no paraba de comer helados. También aquí vi por primera vez a mujeres budistas, todas vestidas de blanco, rezando en otro templo separado.

Rezo femenino. / © Lola Hierro.

Y una niña distraída. / © Lola Hierro.

Mi camino me llevó también hacia Wat Prha Sing, uno de los templos más famosos de la ciudad. Fue construido en el siglo XIV para convertirse en el centro religioso más importante durante la dinastía Lanna. No indagué mucho en este ni en los que me encontré después, porque, sinceramente, después de dos meses pateando el sureste asiático, estoy un poco hasta el gorro de templos.

Este niño me cazó. / © Lola Hierro.

MIrando el helado del compañero de al lado. / © Lola Hierro.

Sí que tenía mucha curiosidad por contemplar el Monumento a los Tres Reyes, que es un  conjunto de esculturas de bronce que representan a los tres reyes lao-thai (Phaya Ngam, Phaya Mangrai y Phaya Khun Ramkhamhaeng).

Los tres reyes decepcionan; me los imaginaba más grandes. / © Lola Hierro.

Más allá de templos y esculturas, lo que más me gusto de Chiang Mai ha sido, honestamente, sus mercadillos, destacando el nocturno, que es diario, y el de Wararot, que está más orientado a tailandeses. En el de por las noches por fin me he podido sumergir en uno de esos maremágnum de puestecillos asiáticos donde todo lo que se vende es bueno, bonito y barato. He tirado de los ahorros reservados para este caso y he hecho algunas compras para familia y amigos: sedas, bisutería y algo de ropa. Para los amantes de las marcas, os cuento que he encontrado una tienda de prendas originales de Custo -o eso dicen los foros de viajeros- en la que he comprado un vestido por veinte dólares al cambio. También me he hecho con un bañador Billabong de hombre por tres dólares. No sé si será original, pero la calidad es buena y parece auténtico. Me da lo mismo si es una imitación.La pena es no ser rica, porque aquí sí que se ha disparado mi instinto más consumista. Me gusta todo. Todo lo quiero. Y no tengo dinero.

Y hasta aquí mis aventuras en Chiang Mai. Volveré a dar noticias desde Bangkok, donde tengo pensado hacer una parada técnica por razones de negocios y no de placer. ¡Y hasta aquí puedo leer!

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