A solas en Udaipur

No sé si afirmar que he pasado por Udaipur o que Udaipur ha pasado por mi. Conocer Bombay ha sido como dar un paseo por una llanura idílica en comparación con lo que es esta ciudad blanca, la primera que visito en el Estado de Rajastán, tierra de reyes, maharajás y fuertes y palacios de antaño que dan una idea de la opulencia de tiempos pasados.

Udaipur, fundada en 1568 por el Maharana Udai Singh II, ha sido una afortunada capital de reino –el de Mewar- ya que fue mucho menos saqueada por los enemigos que otras ciudades vecinas como Chittorgarh. Hoy en día, con casi 600.000 habitantes, se conserva medianamente bien y que es bonita, pero lo sería mucho más sin todas las motos y ricksahws tocando el claxon constantemente. Es agradable, pero lo sería más si las temperaturas bajasen de los 38 grados. Udaipur conserva antiguos palacios o havelis reconvertidos en hostales unos u abandonados los otros. Son realmente bellos, pero lo serían aún más si no acumularan tanta basura por cada rincón. India es así, supongo. Con lo bueno y lo malo.

Pese a las incomodidades propias del tiempo y del país, guardaré un buen recuerdo de la que llaman la “Venecia del Rajastán” o “la ciudad más romántica de India”, aunque a mi no me parece ni una cosa ni la otra. Udaipur tiene lagos, que no canales. El Pichola es el mas importante y baña los pies del casco histórico. Sobre él se deja caer a diario un atardecer de escándalo que tiñe de mil colores los montes Aravalli que lo envuelven. Este prodigio de la naturaleza se puede observar muy bien desde cualquier tejado de la ciudad, donde con una cerveza bien fría, la brisa corriendo y lejos de los pitidos de las motos, una se siente como una reina.

Atardecer sobre el lago Pichola. / (C) Lola Hierro.

Puesta de sol sobre las colinas Aravalli. / (C) Lola Hierro.

Heladito y atardecer de película en un tejado de Udaipur. / (C) Lola Hierro

Lo de experiencia romántica… hasta cierto punto. Yo he estado solita en el tejado de una de las mil casas de huéspedes que hay por aquí, con la única presencia de mi de mi compañero de viaje y fatigas, Joan,  y de un camarero aburrido. El resto de terrazas de los tejados estaban desiertas; ni un alma en esta época tan calurosa. En temporada alta, con miles de turistas encaramados sobre las azoteas, ver una puesta de sol debe ser de todo meno romántico, pienso yo.

Así es Udaipur sin guiris (fantástico) / (C) Lola Hierro

Calles vacías de turistas; solo vacas. / (C) Lola Hierro.

Desde lo alto de Udaipur se observa el lago y también sus dos islas más famosas: Jagniwas y Jagmandir. La primera alberga un palacio construido en 1754 que fue residencia de verano del Maharana Jagat Singh II, pero hoy en día es un hotel, y no cualquiera, sino uno de los más lujosos del mundo. Ni lo olí, claro. La segunda alberga otro palacio que otro maharajá llamado Karan Singh mandó construir en 1620. Es interesante porque la leyenda dice que en este se inspiró el maharajá Shah Jahan para crear el que hoy en día es uno de los palacios más bellos del mundo: el Taj Mahal.

Palacios de lujo en medio del lago. / (C) Lola Hierro.

Lo que menos me ha gustado de esta ciudad es que parece un parque temático para turistas. Todas las casas de huéspedes y hostales presumen de su “roof top restaurant” (restaurante en el tejado) y sus “palace view”, es decir, vistas al lago Pichola. Todas lucen orgullosas su pegatina de la Lonely Planet o de Tripadvisor. Y todas ofrecen desayuno, comida y cena continental, italiana, china… y si acaso, al final de la lista, india. Esto es lo más triste: nos ha costado mucho trabajo encontrar un lugar para comer que no fuera orientado al turismo internacional. Después de mucho caminar bajo un sol de justicia, el primer día almorzamos en un chiringuito de comida china en un barrio alejado del centro (china según los indios, porque no tienen nada que ver ni con la de verdad ni con la que se prepara en España) . Para la cena, otro quiosco parecido. Por suerte, acabamos encontrando el Rathore Restaurant, nombre que escribo así con todas las letras para darle la publicidad que se merece. El negocio pertenece a una simpática y hospitalaria familia formada por padre madre e hijo. Los platos son deliciosos, todos vegetarianos caseros y sabrosos.

Comida del chino que no era chino, pero estaba deliciosa. / (C) Lola Hierro.

Lo que sí hay que reconocer a esta ciudad es que tiene un palacio precioso. No puedo decir que sea el mas bonito de India porque no he visto el resto, pero me cuesta creer que exista uno mejor conservado y más bello que este. Se llama City Palace, es el palacio más grande de India con 250 metros de ancho y 30 de alto, ahí es nada. Fue construido por el Maharana Udai Singh casi al mismo tiempo en que se fundó la ciudad, por el siglo XVI, pero de la estructura original queda poco porque posteriormente fue ampliado con más patios, pabellones, terrazas, pasillos, habitaciones y otras estancias por los distintos Maharanas que ostentaron el poder en el extinto Estado de Mewar.

Fachada del City Palace (una de) / (C) Lola Hierro

Un guía molón en el City Palace. / (C) Lola Hierro.

Puerta ornamentada del City Palace. / (C) Lola Hierro.

Patio interior del Palacio / (C) Lola Hierro.

Visitarlo es caro si comparamos con los precios que hay en India: son 115 rupias por cabeza y 250 más si quieres llevar la cámara de fotos encima. Yo pagué todo; fotografiar el fuerte fue pagarme un capricho igual que otra chica se pagaría una falda. Dentro impresiona la opulencia de la que aún hace gala, parece un escenario de los cuentos de Las mil y una noches. No sé si empezar por las vistas de toda la ciudad que se ven desde sus ventanales, por sus puertas, ventanas y arcadas profusamente ornamentadas, por sus jardines interiores decorados con flores y arbustos y columnas o por las colecciones de joyas, objetos de palacio, etc que alberga. Por no hablar de las estancias privadas de los marajás que lo habitaron, que reflejan muy bien el modo de vida palaciego de la época.

Este columpio era para que el maharajá se pesase. / (C) Lola Hierro.

Carroza y adornos para los caballos en el museo del Palacio. / (C) Lola Hierro.

Familia turista en el City Palace. / (C) Lola Hierro.

Me podría pasar un siglo hablando de este palacio; de hecho creo que un día escribiré un post sobre él. Es mi recomendación principal para todo el que visite Udaipur, pero también hay más. Por ejemplo, los templos hindúes. Destaca el llamado Templo Jadgish, de 400 años de antigüedad. Dos elefantes flanquean la empinada escalinata por la que se llega a su puerta principal, 150 metros más arriba, donde es obligatorio descalzarse.

Entrada al templo Jagdish. / (C) Lola Hierro.

Comadres en la puerta del templo Jagdish. / (C) Lola Hierro.

El templo fue construido por el Maharana Jagat Singh en 1651 y goza de mucha vida local; siempre hay algún sadhu por los alrededores, rezando o descansando a la sombra, sin más. También es muy habitual que algún trabajador del templo se ofrezca como guía a cambio de unas rupias.  Por fuera, el templo goza de un trabajo de escultura en relieve impresionante donde caben elefantes, tigres, imágenes de varios dioses hindúes… Frente a la puerta principal hay otro pequeño altarcito con su cúpula que lo protege del sol y una imagen en piedra negra de Vishnu representado como Jaganath, es decir, como señor de universo. También está representado Garuda, es hombre pájaro que era el vehículo de Vishnu. En el interior, hombres y mujeres rezan quedamente o, al contrario, cantan a pleno pulmón homilías y tocan el tambor para honrar a Shiva, Vishnu y Lakhmi, la diosa de los dineros, que observan atentamente a sus fieles.

Mujeres rezando / (C) Lola Hierro

Relieves del templo Jagdish. / (C) Lola Hierro.

Muy cerca existe un segundo templo de arquitectura y dimensiones similares cuyo nombre no consigo encontrar por ninguna parte. Lo he encontrado por casualidad y un anciano que trabaja en él nos ha dejado visitarlo desde sus pies hasta su tejado, desde donde también hay muy buenas vistas de la ciudad. La gracia de este recinto es que los relieves de su fachada representan varias escenas del kamasutra, pero son tan pequeñitos que hay que fijarse con mucha atención.

Kamasutra! / (C) Lola Hierro.

Relieves del templo desconocido / (C) Lola Hierro.

Otro de los grandes encantos de Udaipur es ir de compras. La ciudad está llenita de tiendas de ropa, baratijas, bolsos, artículos bordados… En la mayoría de tiendas de ropa te pueden adaptar la prenda que elijas. ¿Que te gusta un vestido pero lo preferirías más corto? Sin problema, te lo hacen. ¿Que quieres una blusa sin mangas? Pues las quitan. Los precios, como siempre, ridiculos. Por dar una orientación: he comprado un bolso de mil colores, lentejuelas, hilos y trabajo de patchwork por un euro y medio. Y unas chanclas bordadas por casi 3 euros.

Una de las mil tiendas de cosas brillantes de Udaipur. / (C) Lola Hierro.

Udaipur es una ciudad un poco ruidosa, como todas en India, pero aún así es muy entretenido perderse entre sus calles azules y blancas, llenas de niños, mujeres, motos, tienditas, altares en los sitios más insospechados y, por supuesto, cientos de vacas. A fin de cuentas, se trata de observar la vida local con todo lo bueno y malo que esta tiene. Puede gustar más o menos, pero no es aburrido, eso seguro. Siempre hay alguna escena que sorprende. Uno de mis mayores entretenimientos ha sido fotografiar las paredes de la ciudad, porque muchas tienen pinturas interesantísimas, aunque casi nunca sé qué dicen los carteles porque están en hindi.

Los nenes de Udaipur son muy majos. / (C) Lola Hierro.

¿No es Teresa de Calcuta? / (C) Lola Hierro.

Paredes que molan. / (C) Lola Hierro.

Lavanderas en el Pichola. / (C) Lola Hierro.

Una ayuda para los animales callejeros

Antes de terminar de hablar de Udaipur, quiero hacer una recomendación a todo el viajero que pase por allí: que conozca el trabajo de Animal Aid Foundation. Están en una aldea llamada Badi, a 7 kilómetros de la ciudad. Se llega fácilmente en rickshaw por 100 rupias como mucho. Es un centro de rescate y acogida de animales que fundó un señor de Seattle (EEUU) llamado Jim hace 12 años porque él y su mujer se dieron cuenta de que no había ningún proyecto destinado a ayudar a animales abandonados. En India hay muchas ONG que trabajan con mujeres, niños, enfermos… y está genial que lo hagan, pero para las mascotas no hay casi nada. Para que os hagáis una idea: en todo Rajastán, un Estado con 60 millones de habitantes, solo hay tres casas de acogida de animales.

Dos empleados de Animal Aid cambian el vendaje a una vaca herida. / (C) Lola Hierro.

Una empleada de Animal Aid da el biberón a dos terneras. / (C) Lola Hierro.

En Animal Aid sobre todo tienen perros callejeros, burros y vacas. Son 37 trabajadores hoy en día más unos cuantos voluntarios. Disponen de un número de teléfono al que la gente llama si encuentra un animal herido o enfermo, y hasta él se desplaza una de las varias ambulancias de las que la ONG dispone. El centro tiene ahora cientos de bichos con toda clase de dolencias: desde tumores, como una vaquita que vimos recién operada con toda la cabeza vendada, hasta perros paralíticos o ciegos que ya se han quedado allí a vivir porque en la calle no tendrían ningún futuro.

Una trabajadora de Animal Aid acaricia a un perro convaleciente. / (C) Lola Hierro.

En Animal Aid además ofrecen cursos de concienciación sobre los derechos de los animales en colegios, colectivos de trabajadores, políticos, etc, y están llevando a cabo campañas de esterilización y de vacunación contra la rabia desde hace años. Calculan que ya han vacunado a 60.000 animales, creo. Son unos tipos muy interesantes ,hacen un trabajo gracias a las donaciones que reciben de todas partes del mundo y a los ahorros del propio Jim, que empezó este proyecto con tan solo un rickshaw. Os animo a que lo visitéis porque es precioso ver el trabajo que hacen.

 

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